Roberto Sánchez ha decidido despejar cualquier duda: no habrá hoja de ruta en un eventual gobierno suyo. El candidato de Juntos por el Perú ha descartado explícitamente seguir el camino de moderación que Ollanta Humala adoptó en 2011 para tranquilizar a los mercados y ampliar su base política. La prometida moderación de segunda vuelta nunca llegó y, por lo visto, tampoco la considera necesaria.

La confianza en el voto antifujimorista le concede una libertad poco habitual en la política peruana. Mientras otros candidatos buscan acercarse al centro en la recta final, Sánchez parece convencido de que el rechazo a Keiko Fujimori basta para sostener su candidatura. El único gesto de aparente prudencia fue desmarcarse de Antauro Humala, después de que este declarara a un medio de comunicación de la capital, que no vacilaría en ir a la guerra con Chile si llegaba al poder.

Por lo demás, la estrategia ha consistido en insistir en símbolos antes que en propuestas. El anuncio de que José Domingo Pérez sería ministro de Justicia apunta más a consolidar el voto antifujimorista que a explicar cómo resolverá la inseguridad, la informalidad o el estancamiento económico.

El cambio constitucional se ha convertido, así, en la principal bandera de campaña. Pero una nueva Constitución, por sí sola, no resuelve los problemas de un país. Chile ofrece una advertencia útil: tras dos procesos constituyentes fallidos, los ciudadanos terminaron prefiriendo conservar la carta magna vigente antes que embarcarse en un experimento incierto.

El Perú haría bien en tomar nota. Cambiar las reglas puede ser necesario en algunos casos. Hacerlo sin claridad sobre el rumbo económico e institucional suele resultar mucho más costoso de lo que prometen sus defensores.