El Fenómeno El Niño no espera mensajes oficiales, conferencias de prensa ni buenas intenciones. Avanza con la fuerza de la naturaleza y no distingue entre autoridades, partidos o promesas electorales. Cuando llegan las lluvias, los ríos se desbordan y los huaicos arrasan viviendas y carreteras, la población descubre, demasiado tarde, si el Estado hizo su trabajo o simplemente volvió a llegar después de la tragedia.
La prevención del Fenómeno El Niño no se demuestra con anuncios ni recorridos oficiales, sino con obras terminadas, presupuesto ejecutado, alertas oportunas y protección efectiva de las poblaciones vulnerables. La responsabilidad del Gobierno de Keiko Fujimori debe medirse por esos resultados, no por sus declaraciones.
El problema es que el Perú conoce demasiado bien la distancia que suele existir entre lo anunciado y lo ejecutado. Cada temporada de lluvias repite una historia conocida: quebradas sin limpiar, ríos que amenazan con desbordarse, puentes vulnerables, carreteras interrumpidas y familias asentadas en zonas de alto riesgo. La presidenta incluso denunció que geomallas adquiridas años atrás permanecían almacenadas sin ser instaladas en lugares expuestos a huaicos. La imagen de esos materiales abandonados resume una de las mayores deficiencias de la administración pública: tener recursos y equipos, pero carecer de capacidad para convertirlos oportunamente en protección para la gente.
Keiko Fujimori tiene, por tanto, una tarea que no admite distracciones. Es momento de responder a la altura de las demandas de la población.




