La caída de Maduro nos alegra a todos porque su corrupta dictadura originó hambruna y muerte en sus ciudadanos, y también causó la estampida de sus connacionales al mundo. La algarabía alcanzó a los más de un millón de venezolanos residentes en Perú desde que el chavismo eructó su socialismo ramplón. Es difícil no contentarnos, aunque nos cause extrañeza la forma en que ocurrió todo. La intervención de los Estados Unidos se venía cocinando desde el inicio del segundo gobierno de Trump, al declararlo cabecilla de un cártel de narcotraficantes trasnacional, un ingrediente necesario para ocuparse de su existencia. El nefasto socialismo venezolano no es de ahora, arrancó en 1999 con el gobierno de Hugo Chávez, militar que se hizo notorio opositor de Rafael Caldera y revivió el antiimperialismo norteamericano como caballito de batalla. Maduro comenzó sus tropelías en la presidencia tras heredar el poder el 2013 por el fallecimiento de Chávez. Y los gobiernos norteamericanos nunca tomaron el socialismo venezolano como una amenaza regional, a pesar de que estos bichos chavistas sostenían su expansión geopolítica invirtiendo su dinero en las campañas presidenciales de Sudamérica. Nuestro país tampoco pudo zafarse de su intervencionismo. Mucho dinero petrolero estuvo en las campañas y cosecharon aliados latinoamericanos. Esa era la estrategia del chavismo de lograr apoderarse de Sudamérica, adiestrado principalmente por Cuba, para luego saltar el charco en busca de Rusia, Irak, China, entre otros antiimperialistas con necesidad de enemigos en común. Y así, sin analizar su futuro, Maduro comenzó a ponerse la soga al cuello. La forma en que dejó el poder no fue democrática, pero ¿había otra manera?




