Algunos han de pensar, los más ingenuos y los más perversos, que ganar una elección es el fin del camino, la isla soñada, es Ítaca que se aproxima en el horizonte. Los más ingenuos piensan así porque celebran los hitos sin calibrar el final. Los más perversos porque creen que todo se resetea a su favor, que todo comienzo, toda crisis, todo espasmo es un nuevo llamado a promover su egoísmo, su soberbia, su ambición. Ingenuos y perversos se equivocan porque vencer en una elección es un momento importante, pero no el final del camino. Y tratándose del Perú, los senderos son anchos y ajenos.

Por eso, acierta Fuerza Popular cuando medita lo que hay de cierto en los muchos cantos de sirena que se multiplican antes del cambio de mando. Los hay de todos los tipos y de todos los colores. Desde el rojo sangriento que en su momento fue filo-terrorista, hasta el gris-multicolor que cambia de camiseta a la velocidad de la luz, sin asco ni perdón. Todos son cantos de sirena, todas son hojas de ruta para la destrucción de la nave del Estado, porque en esos acantilados, en esos escollos, allí entre Escila y Caribdis, hemos naufragado una y otra vez. La hegemonía caviar nos condujo a la pulverización del Estado de Derecho y los consejos de los radicales de salón hundieron a todos sus candidatos, a los de la derecha y a los de la izquierda. El Perú es unidad trascendente, no cainismo radical.

Por lo tanto, la Odisea política continua. Ítaca no aparece en el horizonte, es un punto lejano, a cinco años de distancia. Eso sí, Kavafis tenía razón cuando escribió en su famoso poema que todo viaje nos curte en la experiencia, nos hace más sabios en las decisiones, porque no hay mejor escuela que la academia del dolor. De eso están hechas las Odiseas, de audacia, de experiencia, de decisión.

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