La reelección del uruguayo Luis Almagro en el cargo de secretario general de la OEA, estaba cantada. La única candidatura realmente rival fue la de María Fernanda Espinosa, ex canciller ecuatoriana (2007) del gobierno de Rafael Correa, avalada por la Venezuela chavista, por cierto sin opción en el seno de la OEA, y por Cuba. El exministro de Relaciones Exteriores de Uruguay del gobierno de José Mujica (2010-2015), siempre contó con el espaldarazo del hegemón continental y planetario -EE.UU.- y de sus principales adictos en América Latina: Brasil, Chile y Colombia. Argentina y México, dos puntales del hemisferio, apostaron por la expresidenta de la Asamblea General de la ONU. La votación de ayer en Washington (23 a 10), confirmó dos cosas: a) El enorme poder e influencia de la política exterior estadounidense para garantizar que la OEA no pierda su connotación antichavista y anticastrista. En efecto, EE.UU. jamás iba a dejar que la OEA, que además de tener su sede en sus narices, cayera en manos de la corriente continental no democrática encarnada precisamente por Venezuela, Cuba y Nicaragua, que fungieron como países lobistas de Espinosa. El reciente fortalecimiento de Trump por el manejo de su política internacional en el Medio Oriente (Irán-Soleimani), no podía sufrir un revés “perdiendo” la secretaria general de la OEA y en esa circunstancia, quedar vulnerable su propia candidatura a la reelección presidencial de noviembre próximo; y b)El retiro del Perú de la candidatura del embajador Hugo de Zela fue tardía pero siempre mejor a que nos llevara al precipicio diplomático continental. Jamás debió proseguir apenas Washington le puso tarjeta roja. De Zela creyó que su conocimiento procedimental de la OEA era suficiente para ganar espacios. Confundió la estrategia de su campaña, que debió ser político-diplomática, creyéndola como las del frente interno peruano, sin formas y baja, al enfrentarse a Almagro a quemarropa. Antes de que el presidente Vizcarra tome alguna decisión -desenvainado acaba de prescindir de la ministra de Salud por su total ausencia de reflejos para levantar con rapidez el cuerpo de un médico fallecido por coronavirus- debería renunciar a la embajada en Washington. Solo así nuestra política exterior recuperará piso y peso.