Durante mucho tiempo, el Mundial fue un territorio dominado por jerarquías. Uno encendía el televisor esperando que un dios bailara, el otro apabullara y otro fabricara un genio irrepetible. Había algo profundamente injusto en esa concentración de poder futbolístico, pero también algo magnético. El fútbol vivía de sus aristocracias.

De un tiempo a esta parte, y con mayor fuerza en esta nueva edición del torneo, todo parece avanzar hacia otra dirección. España no pudo derrotar a Cabo Verde. Bélgica sufrió ante Egipto. Brasil empató con Marruecos mostrando más ansiedad que autoridad. Y Uruguay, después de pasar largos tramos perdido y desordenado, apenas rescató un empate ante Arabia Saudita. Los gigantes ya no asustan.

Hay algo admirable en todo esto. Las selecciones pequeñas se alejan de la resignación. El conocimiento táctico se globalizó, la preparación física se emparejó y la distancia económica ya no garantiza superioridad absoluta. El fútbol, de alguna manera, se democratiza. Pero quizá ahí aparezca también una pregunta incómoda: ¿la igualdad no está matando el espectáculo?

Porque el problema de estos primeros días no es solamente que los favoritos tropiecen. Vamos, ver caer a un grande tiene mucho de satisfactorio. El problema real es que muchos partidos empiezan a parecerse demasiado entre sí. Bloques defensivos compactos, prudencia extrema, transiciones rápidas, miedo permanente al error. Los equipos grandes ya no juegan como imperios porque saben que enfrente hay rivales organizados capaces de castigarlos. Y los equipos pequeños tampoco se permiten riesgo porque entienden que competir ya es una forma de supervivencia.

Décadas atrás, las diferencias producían caos, desequilibrio y partidos memorables. Hoy, las similitudes producen orden. Quizá por eso la ausencia de Neymar por lesión y el hecho de que Messi, Mbappé y Cristiano no hayan expuesto todavía sus galones en este Mundial se siente más grande de lo normal. Más allá de sus excesos o contradicciones, representaban algo que este nuevo fútbol parece perder poco a poco: el jugador capaz de romper la lógica, de asumir riesgos inútiles y de convertir un partido cerrado en un acto individual de rebeldía. El nuevo fútbol sospecha de esos futbolistas. Prefiere estructura antes que espontaneidad.

Tal vez el viejo orden era injusto, pero inolvidable. Y tal vez este nuevo orden sea más democrático, más equilibrado y hasta más noble, pero todavía no encuentra la manera de emocionarnos igual.