En el Museo Naval del Perú se conserva una notable pintura del artista peruano Germán Suárez Vértiz que representa un momento clave de la historia continental: el ingreso de Francisco de Orellana, a bordo del bergantín San Pedro, al imponente Río Grande de las Amazonas. La escena remite a la jornada del 12 de febrero de 1542, cuando —según fray Gaspar de Carvajal— el río se mostraba “furioso”, arrastrando árboles y palizadas, en un espectáculo tan sobrecogedor como aterrador. La expedición que condujo a este acontecimiento, narrada por José Antonio del Busto, fue una empresa marcada por la fe, el cálculo político, el temor y el azar. Iniciada en el Cusco y continuada desde Quito hacia la selva, la travesía quedó finalmente en manos de Orellana, quien, junto a medio centenar de españoles y nativos, avanzó río abajo con el apoyo de diversas comunidades ribereñas. Sin saberlo, estaban revelando para Occidente el río más caudaloso del planeta y otorgando al Perú una proyección fluvial directa hacia el Atlántico. Orellana, tuerto y de carácter firme, destacó por su liderazgo en medio del hambre y la incertidumbre. “El capitán trabajaba en todo”, escribió Carvajal, subrayando su determinación y su confianza en la providencia. Esa fe lo sostuvo hasta alcanzar el océano, dando a conocer su hazaña en América y Europa. Esta epopeya es parte esencial de la formación de la peruanidad amazónica: expresa el temprano impulso por explorar, integrar territorios y sentar las bases de una cultura mestiza, animada por la fe y el coraje frente al entonces desconocido “infierno verde”. Recordarla cada 12 de febrero es reafirmar nuestra identidad. Parafraseando a José de la Riva Agüero, olvidar el pasado es renunciar a comprender y proyectar el porvenir.