La política moderna ya no se define únicamente por los planes de gobierno ni por los discursos ideológicos. Hoy, las emociones, la capacidad de conectar con el ciudadano y el dominio del escenario mediático pesan tanto como las propuestas. Por eso, el debate presidencial entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez del próximo 31 de mayo podría convertirse en un punto de quiebre para miles de electores indecisos. Diversos estudios sostienen que cerca del 40% de quienes no tienen una decisión tomada terminan inclinándose por uno de los candidatos luego de observar un debate.
La experiencia reciente del Perú confirma esa influencia. En las elecciones del 2021, todas las encuestas mostraban una ventaja de Pedro Castillo sobre Fujimori. Sin embargo, después del debate presidencial, la distancia se redujo considerablemente y la contienda se volvió mucho más competitiva. Aquella experiencia dejó una lección clara: un debate no solo expone ideas, también revela carácter, templanza y capacidad de liderazgo en momentos de presión.
En esta nueva campaña, Keiko Fujimori parece haber entendido la lección. En sus anteriores postulaciones arrastró problemas de comunicación y dificultades para conectar emocionalmente con sectores amplios del electorado. Hoy, en cambio, muestra una estrategia más sofisticada: menos confrontación ideológica y más apelación a la estabilidad, la serenidad y el manejo racional del poder. La política ya no premia necesariamente al candidato más doctrinario, sino al que logra transmitir confianza en medio del caos. Quizás por eso algunas encuestas comienzan a mostrarle una ventaja de cara a la segunda vuelta.




