Empieza un nuevo año y, con él, el ritual casi inevitable de las metas y resoluciones personales. Pero más allá de los propósitos individuales, vale la pena detenernos a pensar qué le deseamos —y sobre todo qué estamos dispuestos a trabajar— para el Perú.
Un primer anhelo ineludible es que la sostenibilidad deje de ser un discurso accesorio y pase a formar parte real de nuestras decisiones. Las políticas públicas no pueden seguir diseñándose con mirada corta, sujetas a coyunturas políticas o cálculos inmediatos. Incorporar el largo plazo no es un lujo tecnocrático: es la única forma de evitar el caos recurrente que hoy parece haberse normalizado.
En segundo lugar, necesitamos más institucionalidad. O asumimos el desafío de emprender reformas serias, técnicamente viables y políticamente responsables —sin caer en modas pasajeras ni redes de amiguismo—, o seguiremos avanzando hacia un vacío peligroso, donde las reglas pierden sentido y la confianza se erosiona.
La estabilidad es otro pilar que urge repensar. Como economista, no puedo sino subrayar la importancia de la estabilidad fiscal, pero sería un error reducirla solo a cifras macroeconómicas. La estabilidad también es social, política e institucional, y varios de esos cimientos están hoy debilitados.
Finalmente, aspirar a más y mejores servicios públicos debe ser una prioridad nacional. Ello exige reformas laborales y del servicio civil, una gestión más eficiente de los activos del Estado y, por supuesto, mayor y mejor infraestructura.
La lista podría ser mucho más extensa. Por ahora, dejo la pregunta abierta: ¿qué le desea usted al Perú este año… y qué está dispuesto a hacer para que ese deseo no se quede solo en palabras?




