La reciente designación de Perú como Aliado Principal No Miembro de la OTAN por parte de Estados Unidos ha reactivado un debate que el país suele evitar: ¿qué significa realmente alinearse más estrechamente con Washington en un contexto geopolítico tan volátil?

El status no convierte a Perú en parte de la OTAN, ni lo obliga a participar en conflictos militares. Es, más bien, un marco de cooperación preferencial que abre puertas a financiamiento, entrenamiento, transferencia tecnológica y acceso a equipamiento militar avanzado.

Este movimiento también tiene un peso simbólico y estratégico. Estados Unidos busca reforzar su presencia en Sudamérica frente al avance de otros países, y Perú —por ubicación, recursos y estabilidad— se vuelve un socio atractivo. Aceptar este rol implica, entrar en la lógica de competencia entre potencias.

La pregunta es si Perú está preparado para manejar ese nivel de exposición. La política exterior peruana ha sido históricamente pragmática, incluso ambigua, evitando compromisos que lo obliguen a tomar partido. Convertirse en aliado estratégico de Washington puede fortalecer capacidades internas, pero también podría generar tensiones con otros socios comerciales clave.

El reto, entonces, no es el estatus en sí, sino cómo se gestiona. Si Perú lo utiliza para modernizar su defensa, profesionalizar sus fuerzas y mejorar la seguridad interna, será una oportunidad histórica. Si, en cambio, se convierte en un gesto político sin estrategia, el país podría quedar atrapado en dinámicas que no controla.

EE. UU. busca fortalecer su presencia estratégica en Sudamérica en lucha contra el crimen organizado, seguridad regional, estabilidad política y competencia geopolítica con otros países.

El nombramiento abre puertas, pero también exige madurez diplomática. La verdadera discusión recién empieza.