Si la política es el medio para realizar el bien común, cabe preguntarnos qué posición ocupa la ideología en el ejercicio del poder. Al hablar de ideología, nos referimos a un conjunto de ideas e intereses que interpretan la realidad y proponen formas de acción. Ante esto, surge una duda: ¿pueden ambos medios perseguir el mismo fin? La respuesta es sí, siempre que logren complementarse.
La política es la actividad humana encaminada al bien común, mientras que la ideología busca plasmar intereses específicos a través de dicha actividad. La complementariedad deseable ocurre cuando la ideología se subordina al bien común y al pluralismo democrático, sin pretender sustituir a la política como espacio de deliberación racional en la comunidad (polis). En este sentido, el bien común es el resultado de la negociación entre visiones distintas. La política requiere flexibilidad; mientras la ideología tiende a ser rígida, la política debe ser pragmática.
Podríamos decir que la ideología es la brújula, pero la política es el continuo caminar. La ideología funciona como un sistema de interpretación y justificación social, pero el medio operativo sigue siendo la política. El riesgo surge cuando se absolutizan intereses parciales o identitarios y se imponen como dogmas. Cuando eso ocurre, la ideología desplaza al pluralismo y se convierte en un factor de distorsión que termina afectando la plena realización de los derechos fundamentales. En conclusión, siempre hay que recordar que la ideología debe estar al servicio de la polis y nunca la polis al servicio de una ideología.




