“El secreto del demagogo es hacerse tan estúpido como su audiencia, de tal modo que crean que son tan inteligentes como él”, decía con magistral sabiduría el intelectual checo-austriaco Karl Kraus hace más de 100 años. Cada vez que un líder político carismático promete soluciones demagógicas inmediatas, mano dura contra “los enemigos” y cambios radicales sin costos, muchos nos preguntamos lo mismo: ¿por qué la gente sigue creyendo en ellos? La respuesta fácil es decir que los ciudadanos no reflexionan, que votan sin pensar o que peor aún, que les da pereza hacerlo. La respuesta honesta es más incómoda aún. Las personas priorizan sobrevivir, trabajar, cuidar a sus familias y, en medio de crisis económicas, inseguridad y desconfianza institucional, la política se convierte en una fuente más de frustración. Y cuando la frustración se acumula, el discurso simple resulta más atractivo que la explicación compleja.

Evaluar propuestas técnicas exige tiempo, esfuerzo, información y energía. En cambio, confiar en un líder que transmite seguridad y certeza reduce la angustia; Es un “atajo” mental comprensible: ante el caos, alguien que promete orden. Ante la incertidumbre, alguien que habla con convicción absoluta. No se trata de ignorancia, sino de necesidad emocional. Los demagogos entienden esto mejor que nadie. No apelan a estadísticas; apelan al miedo, a la indignación y al orgullo, construyendo un relato donde existe un “pueblo bueno” y un “enemigo” responsable de todos los males.

En contextos de crisis, los ciudadanos suelen buscar un líder fuerte, cercano, que hable sin tecnicismos y prometa decisiones rápidas. La moderación y el consenso parecen “debilidad”; la firmeza, aunque sea temeraria, parece liderazgo. El problema es que esa “fortaleza” muchas veces se traduce en concentración de poder y debilitamiento institucional. La pregunta entonces no debería ser por qué la gente “se deja engañar”, sino por qué las democracias no logran ofrecer resultados tangibles que hagan innecesarias esas promesas “mágicas”. Cuando el Estado falla en garantizar servicios públicos eficientes y oportunidades reales, el terreno queda fértil para quien ofrece atajos. Combatir la demagogia no implica despreciar a los votantes, sino fortalecer las condiciones que permitan decisiones más reflexivas: información de calidad, instituciones que funcionen y políticas públicas que mejoren la vida cotidiana. Mientras la democracia no produzca resultados visibles, la tentación del populismo seguirá viva. Y no porque la gente no piense, sino porque necesita certezas en medio de un mar de confusión.