Una cuestión de fe, que se aleja de su estricta esencia religiosa, es lo que nos motivó a aceptar ser testigo de una propuesta artística que “devuelve a la vida”, por dos horas, a un mito de la música. Una experiencia que de antemano sabemos que no es real, pero igual nos lanzamos a creerla sin duda alguna. Esas ganas de volver a ver y escuchar a un genio vale la pena sin cuestionamientos de por medio, y hasta tener que admitir con una cierta ingenuidad de que la magia aún existe.

Esa motivación personal de aplaudir la vuelta de Gustavo Cerati convertido en un avatar, interactuando con Charly Alberti (batería) y Zeta Bosio (bajo), fue al parecer la misma de miles que llenaron el Arena 1 para disfrutar de “Ecos”. En medio de una multitud y de la euforia, el trío regresó con un recital que desgranó los grandes éxitos de la banda, y que convirtió su propuesta musical en una fiesta, pero no solo de la nostalgia, también de la vigencia absoluta que pocos pueden presumir. Los escrupulosos análisis de los técnicos, esos que están pendientes de cada detalle para aprobar o descalificar la presencia virtual de Cerati, se los dejamos a ellos, que se encargarán de calificar la calidad de una propuesta por todos lados novedosa. Nosotros queremos detenernos en el sentimiento y la vigencia, en esa sorprendente reafirmación de que a pesar de las tendencias de moda y de los malos presagios, no todo está perdido en la música y la juventud sabe distinguirla.

Contra todos los pronósticos que apuntaban a que la mayoría de los asistentes al concierto serían, en su mayoría, venerables cincuentones o sesentones en busca de sus entrañables recuerdos, fue todo lo contrario. Voces jóvenes, presencias vitales, almas plenas de juventud cantaban y bailaban al ritmo de una banda que se lanzó cuando ellos no habían nacido. Esa magia de la música, que nunca separa, que convoca, que une generaciones y convierte a las que vienen en herederas de un legado fue la tendencia; palabrita hoy tan de moda. Lágrimas de emoción de padres junto a sus hijos, abrazos hermanados en la música, la felicidad completa, todo eso gracias al talento inacabable de una banda que ya es parte de la historia, que no necesita más que seguir sonando como si fuera la primera vez. Avatar, holograma, como se llame, nos devolvió a Cerati, pero sobre todo una época irrepetible, para quienes la vivieron y para los que la sintieron por primera vez.

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