Cada vez que el país entra en emergencia por inundaciones, derrumbes, sequías o heladas, tengo la misma pesadilla. Una autoridad golpea la mesa, eleva la voz y sentencia: “Nos sorprendió el mal clima”. Como si el clima fuera un enemigo caprichoso y no un fenómeno estudiado y advertido durante décadas.
En una de esas escenas, un técnico intenta poner orden y pregunta con calma si se está hablando de meteorología (el tiempo de corto plazo), o de climatología (las tendencias de largo aliento). La autoridad duda. No lo sabe. Y aun así decide.
Mi pesadilla se repite en otra región del país. Tras una sequía prolongada, una autoridad local rechaza los informes científicos. Dice que “siempre ha sido así” y exige una declaratoria de emergencia. Nunca leyó los datos históricos del SENAMHI. No los necesita para gobernar.
En una tercera audiencia de la pesadilla, luego de una helada extrema, un funcionario dramatiza: “Esto nunca se ha dado”. Nadie revisó el período climático. Nadie miró los registros. El silencio responde.
El patrón es claro y preocupante. Se legisla sin comprender conceptos básicos. Se culpa al “clima” sin distinguir eventos puntuales de procesos recurrentes. Se toman decisiones públicas sin evidencia, pero con micrófonos encendidos. No es análisis. Es repetición. No es política pública. Es improvisación.
En el Perú, este desconocimiento no es abstracto. Se traduce en obras mal diseñadas frente a eventos previsibles, presupuestos mal asignados ante lluvias, sequías, heladas, y poblaciones expuestas por decisiones apresuradas.
Mi pesadilla no es el clima extremo. Sino que sigan convencidos de que la naturaleza conspira contra el país, mientras ignoran mapas, datos y advertencias técnicas. En el Perú no falla la lluvia, falla que nadie haya abierto un informe.
El pronóstico, lamentablemente, no cambia: lluvias previsibles, desastres anunciados, mediáticos personajes del clima y autoridades sorprendidas.




