Hacia 2030, se espera un saldo neto positivo de 78 millones de nuevos puestos de trabajo, según el Foro Económico Mundial. Es una buena noticia, pero también una advertencia: el futuro del trabajo no estará esperando a nadie. Se está configurando hoy y exige una pregunta urgente: ¿quién enseñará esos empleos?

La respuesta apunta a los docentes. Sin embargo, hablamos de una transformación tan vertiginosa que el mercado laboral cambia más rápido que muchos currículos. En especial en la educación técnico-profesional, actualizar mallas no basta si no se acompaña de formación docente continua, conexión real con la industria y capacidad para responder a nuevas demandas.

El problema no es de voluntad docente. Es estructural. Los currículos se actualizan, sí, pero con ciclos largos; la tecnología cambia en meses; y la burocracia puede volver lenta cualquier innovación. En el Perú, la formación continua, la formación dual y las microcredenciales podrían ser salidas interesantes, siempre que tengan respaldo empresarial, soporte institucional y continuidad.

Entonces, ¿qué hacemos? La respuesta no es romántica ni simple: formación continua real, financiada y articulada con la industria; marcos normativos que incentiven a medianas y grandes empresas a participar en escuelas donde serán corresponsables; y condiciones laborales que permitan que técnicos con experiencia enseñen sin dejar de ser económicamente viables.

Los empleos del futuro no aparecerán solos. Alguien tendrá que formarlos. Y ese alguien —el docente— sigue siendo el eslabón menos priorizado de la cadena, pese a ser quien convierte la innovación en aprendizaje concreto. Si queremos que el Perú compita por productividad y talento, debemos dejar de mirar la educación como gasto y empezar a tratarla como infraestructura crítica del desarrollo.