En cualquier sistema político resulta comprensible la resistencia que los líderes de trayectoria suelen oponer al retiro de la vida pública activa. No obstante, desde la ciencia política, debemos cuestionarnos si ese “paso al costado” implica necesariamente un ostracismo absoluto o una renuncia al ejercicio del poder. La respuesta es negativa. El retiro del primer plano de la política como una acción para el bien común no equivale a un exilio, sino como una transición funcional hacia el magisterio político. La tarea de dotar a las nuevas generaciones de la experiencia, el consejo y la asistencia técnica necesarios para garantizar la continuidad institucional y la unidad partidaria.
En tiempos de elecciones primarias resulta paradójico que, en la praxis, sean pocos los líderes veteranos que comprenden su utilidad desde un perfil bajo. Desde esta posición, discreta ante los reflectores mediáticos pero vital para la formación de cuadros, es donde el oficio de la política revela su dimensión más noble. El político experimentado posee la autoridad moral para fortalecer las bases y adaptar el ideario a las exigencias contemporáneas sin desvirtuar sus principios fundacionales.
En contextos electorales, la ceguera política impide al líder histórico reconocer su momento de transición y dar paso a nuevas generaciones. Un verdadero desarrollo institucional exige que las nuevas generaciones asuman la arena pública bajo el acompañamiento temporal de sus mentores. Solo mediante una transición política generacional, donde la audacia de la juventud y la prudencia de la experiencia concurren, es posible asegurar la importancia, vitalidad y trascendencia de los partidos en el tiempo.




