Como Roberto Sánchez ya se siente en la segunda vuelta, no es difícil prever que iniciará una campaña de “blanqueo”, en el que intentará alejarse de su postura radical y aspirar a jalar los votos de los moderados o centristas que se nieguen, tercamente, a considerarlo una peor opción que la de Keiko Fujimori.

Sánchez es un embustero profesional, un personaje ruin que tiene en la traición una característica definida de su personalidad y de su triste recorrido político. Traicionó a Yehude Simon, a Pedro Castillo y últimamente a Dante Castro, el candidato al Senado fallecido y a cuya familia se negó a aclarar las causas de su accidentada muerte y a la que trató con la indolencia de un criminal de guerra.

Desde ahora, Sánchez ya empieza a decir que puede sentarse a tomarse un café con Julio Velarde, que respetará las reservas internacionales o que Antauro Humala no tendrá ningún cargo ni influencia en su eventual régimen. Es muy probable que prescinda de su mensaje de “nueva Constitución”. Apelará, una vez más, a la mentira, algo a lo que está acostumbrado porque es parte de su ADN, pero el problema no es ese. El problema está en quienes le creerán por ignorancia o conveniencia.

Hay gente, entre ellos muchos periodistas, comunicadores y políticos, inoculada con el germen nocivo de esa izquierda biliosa, intransigente y rabiosa, en la que el bienestar del país es secundario a la imposición de sus ideas. Esa que votó por Pedro Castillo, en la que prevalece el odio y el anti, y que habla de elegir por Keiko porque es más fácil de vacar. Esa que le va a “creer” a Sánchez sus monumentales embustes.

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