El gobierno de Keiko Fujimori podrá irse tranquilo a su casa en julio de 2031 si aparte de frenar la ola delictiva que nos golpea hace 20 años, permite atraer inversión y generar crecimiento económico para lograr un objetivo estratégico tan importante como postergado: el hacer que la salud y la educación que brinda el Estado a los más necesitados, sean de calidad.
No podemos perder un quinquenio más viendo cómo la gente que acude a una posta o un hospital público queda abandonada a su suerte por falta de personal, de infraestructura, de medicinas, de instrumentos y de todo lo necesario para que los peruanos que no tienen plata para una clínica privada, reciban una atención digna de seres humanos.
Lo mismo para la educación que se brinda en la escuela pública. No más profesores ineptos ni ideologizados, ni aulas que se caen a pedazos dentro de colegios sin servicios básicos como los de agua, desagüe y electricidad. Que los niños y jóvenes de colegios estatales estén en condiciones de competir de igual a igual con sus pares de planteles privados.
Es verdad que el país hay múltiples necesidades, pero atender salud y educación tiene que ser un objetivo de fondo para los próximos cinco años.
Si no se ataca la problemática de estos sectores, aunque se logre avances en otros, estaremos condenando a millones de peruanos que seguir en la pobreza por falta de buena educación, y a ver su vida siempre en peligro con un sistema de salud que no sirve.




