Las batallas de San Juan (13 de enero de 1881) y Miraflores (15 de enero de 1881), enfrentamientos que marcaron la caída de Lima evidenciando la fragilidad del Estado peruano, han cumplido 145 años.

Desde una perspectiva académica, estas batallas reflejan la desorganización política- militar del Perú. El presidente Nicolás de Piérola intentó defender Lima con un ejército no preparado y se nombró comandante en jefe sin tener conocimiento de estrategia militar, lo que lo llevó a realizar una defensa mal organizada y no hacer caso a generales de gran trayectoria como Andrés Avelino Cáceres, entre otros.

Políticamente, las batallas simbolizan el fracaso de la política peruana en construir un proyecto nacional cohesionado. La defensa de Lima se convirtió en un acto heroico pero aislado, que no logró revertir la capacidad enemiga. La memoria histórica peruana ha exaltado el sacrificio de los combatientes como un símbolo de patriotismo, pero los análisis críticos subrayan que la falta de unidad política y el antimilitarismo, fueron determinantes en el desenlace.

San Juan y Miraflores más que derrotas militares, son episodios que revelan la tensión entre heroísmo popular y debilidad estatal. Académicamente, muestran cómo la guerra de 1879 no sólo se libró en el campo de batalla, sino también en lo económico y la legitimidad política, donde el Perú llevo la desventaja.

Honor y gloria a los caídos, padres, hijos, civiles y uniformados que lo dieron todo por defender al Peru. Homenaje a los cabitos, niños héroes, a los bomberos de la Bomba Garibaldi que fueron asesinados por el invasor, y condena a los políticos y militares que la sed de poder los llevo a desorganizar al Ejército y la Marina, confiando la dirección de la guerra a políticos incapaces.

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