Ayer escribía en este espacio sobre Roberto Sánchez, el candidato presidencial de la izquierda radical que se promociona como la “reencarnación” del recluso Pedro Castillo, algo que para cualquier persona que crea en la democracia, la honestidad y la capacidad en la gestión pública debería ser una tremenda vergüenza. Sin embargo, me quedé corto en mis críticas a este triste personaje que es parte del actual Congreso del espanto, donde incluso en su momento fue acusado de “mochasueldo”.
A través del semanario Hildebrandt en sus 13 hemos sabido que Sánchez –quien hasta sombrero cajamarquino usa para que lo identifiquen como un fiel seguidor del profesor Castillo a pesar que el actual candidato de Juntos por el Perú es huaralino y sicólogo de profesión–, traicionó a su líder una vez que este cayó en desgracia, al señalar ante el Ministerio Público, a dos días de los sucesos del 7 de diciembre del 2022, su “desacuerdo total” con el quiebre del orden constitucional que ahora, en tiempos electorales, defiende.
Recordemos que antes, el mismo día del golpe sucedido mientras Sánchez era ministro de Comercio Exterior y Turismo, este personaje votó en abstención la moción de vacancia del cabecilla de la pateadura a la Constitución. Pudo votar en contra, es decir, en respaldo a su jefe y a quien ahora en campaña reivindica, pero optó por jalarle la alfombra, por dejarlo a su suerte cuando ya estaba arrestado en una sede policial. ¿Con qué cara ahora se promociona como el Pedro Castillo II?
Sánchez no hizo un mal negocio, pues su inicial postura crítica ante el golpe que ahora defiende, le valió para ser excluido del proceso judicial que ha llevado a que Castillo y sus cómplices Betssy Chávez, Aníbal Torres y Willy Huerta, este último entonces ministro del Interior, sean condenados en primera instancia por tentativa de rebelión. Todos cayeron en desgracia menos el actual candidato de la izquierda radical. La hizo linda con su sacada de cuerpo cuando las papas más quemaban.
Ahí tienen a quien quiere ganar el voto de la gente más pobre, de los despistados y de los tontos útiles haciéndose pasar como un incondicional del último golpista de nuestra agitada historia, al que condenó ante los fiscales y no apoyó cuando pudo en el Congreso, aunque sea de manera simbólica, pues el hombre ya estaba preso y a punto de ser echado de cargo de presidente por la puerta falsa y por aplastante mayoría. Pura pose electorera, pura doble cara para ganar votos.




