El Perú no puede darse el lujo de esperar a que llegue el desastre para empezar a reaccionar. El ingreso del Niño Costero a una fase extraordinaria deberían haber encendido todas las alarmas del Gobierno. Si en el norte del país las temperaturas ya alcanzan los 37 grados centígrados, no estamos frente a una amenaza lejana: estamos ante una realidad que exige decisiones inmediatas.
La experiencia debería habernos enseñado algo. El Niño no solo trae calor y lluvias. Puede convertirse en huaycos, desbordes, inundaciones, interrupción de carreteras, destrucción de puentes, pérdida de cultivos, daños en viviendas y colegios y, finalmente, enormes pérdidas económicas. Cada vez que la naturaleza golpea con fuerza, descubrimos que muchos de los daños no fueron inevitables: fueron consecuencia de años de prevención insuficiente, obras inconclusas, quebradas sin limpiar, ríos sin protección y autoridades que reaccionaron cuando el agua estaba hasta el cuello
Por eso, la respuesta del Gobierno no puede reducirse a la buena voluntad ni a la espera de las facultades legislativas. Se necesita un mapa nacional de riesgos que permita saber dónde y cómo golpeará con mayor fuerza el fenómeno, qué infraestructura está en peligro y qué medidas deben ejecutarse antes de la emergencia. No basta con declarar zonas en riesgo. Hay que intervenirlas.
El verdadero éxito del Gobierno no será explicar por qué no pudo prevenir. Será demostrar que, aun llegando tarde, tuvo la capacidad de anticiparse al golpe, reducir sus consecuencias y proteger a los peruanos.




