Mientras el Gobierno se dedica a ordenar que la foto del presidente José Jerí sea exhibida con devoción en ministerios y entidades públicas, lo que no logra es algo mucho más urgente: detener el desplome de su imagen ante los peruanos. La propaganda intenta tapar el naufragio, pero las encuestas son implacables. Hoy el mandatario tiene más rechazo que aprobación, una señal clara de que la confianza ciudadana ya se evaporó.
No es casualidad. Las reuniones clandestinas con empresarios chinos y la escandalosa contratación de cinco jóvenes que, tras visitar al presidente hasta altas horas de la noche, aparecieron mágicamente en planillas del Estado, terminaron de romper la frágil luna de miel. No se trata de simples errores de comunicación, sino de hechos que huelen a tráfico de influencias y uso patrimonial del poder. Cuando la política se maneja en la penumbra, la sospecha es inevitable.
En el Congreso, mientras tanto, crece el coro de quienes piden un Pleno extraordinario para evaluar medidas contra Jerí. Las firmas se acumulan, los discursos se endurecen y la indignación parece subir de tono. Pero como suele ocurrir en el Parlamento, una cosa es lo que se grita ante las cámaras y otra muy distinta lo que se vota en el hemiciclo.
Alianza para el Progreso y Podemos, por ejemplo, dicen pedir la renuncia del presidente, pero se niegan a respaldar una acción concreta para viabilizarla. Si de verdad creen que Jerí no debe seguir, que lo demuestren con votos. Todo lo demás es puro teatro para la tribuna.




