Hubo un tiempo en que Brasil fue Neymar. Cada ataque pasaba por sus pies, la ilusión encontraba en él un punto de apoyo y cada frustración terminaba volcada sobre sus hombros. Hoy, en cambio, Neymar viene siendo un intento de amuleto y Brasil afrontará su segundo partido mundialista sin él. Esta vez, ante Haití.
Es temprano todavía, pero el amuleto no ha dado demasiados resultados. Brasil debutó con un empate parco ante Marruecos y dejó más dudas que certezas. Hay una enorme particularidad en el hecho de que la sombra del “10” sea tan grande en su selección. Ya lleva buen tiempo siendo irregular, arrastrando lesiones y ha regresado al Santos sin demasiada fortuna. Ancelotti aguantó su llamado hasta el final, sucumbiendo a esa sombra. Y creo que todos lo entendemos.
Es necesario que las grandes selecciones aprendan a despedirse de sus ídolos. No de un día para otro, no porque no vayan a jugar más, sino encontrando una identidad capaz de sobrevivirles, incluso mientras ellos siguen ahí. Ya lo decíamos ayer, Argentina entendió eso, Messi no desaparecerá de manera espontánea, pero su selección ya trabaja en esa ausencia, un trabajo que, curiosamente, hace que la “Pulga” se vea cada vez más cómodo en su selección.
Con Maradona tardó años en adaptarse. Francia atravesó un proceso similar después de Zidane. Los gigantes del fútbol no solo producen leyendas; también deben aprender a vivir cuando esas leyendas dejan de resolverlo todo. Brasil parece encontrarse justo en ese punto. Cada convocatoria de Neymar, cada recaída física y cada partido que observa desde el banco reabren la misma conversación. El equipo aún no consigue desprenderse del todo de quien fue su centro de gravedad durante más de una década.
En el fútbol de hoy es cada vez más necesario que la gran figura sea el equipo y que este no repose necesariamente sobre un crack, aunque estos sigan naciendo. Ahí está Colombia, que dejó una impresión distinta en su estreno. No porque haya encontrado un nuevo salvador, sino porque transmitió la sensación de ser un equipo antes que una constelación de estrellas. Su mejor virtud fue precisamente esa: la naturalidad con la que el protagonismo se repartió entre varios.
Quizá ahí resida una de las diferencias más importantes de este Mundial. Hay selecciones que juegan con una estrella. Y hay otras que, sin darse cuenta, siguen jugando alrededor de una ausencia. Brasil todavía busca demostrar que puede volver a ser Brasil. No cuando Neymar regrese, sino cuando deje de necesitar que todas las preguntas empiecen y terminen con su nombre.




