Los países se hunden por la indolencia de las personas. En sentido estricto, las naciones colapsan cuando la población prefiere mirar de costado esperando que alguien más resuelva sus problemas. No estamos ante un problema nacional. Se trata, más bien, de una opción personal. Los ciudadanos abdican del deber de controlar a los poderosos y prefieren sumergirse en la insoportable levedad del ser. La levedad política es sinónimo de tibieza y la tibieza tarde o temprano nos conduce por el sendero de la tiranía. Todos los autoritarismos que hemos padecido a lo largo de nuestra historia han sido gatillados por el dulce sopor de la tibieza, una neblina envolvente que nos destroza y nos conduce a la indefensión.

No deben ser tibias sino firmes las condenas a la deriva que implica abrazar el socialismo del siglo XXI. La mayoría del Perú ha castigado al fujimorismo por veinticinco años. Un cuarto de siglo. Ahora bien, Fuerza Popular se ha convertido en esos cinco lustros en el partido más grande del país. El más organizado, el dique contra el comunismo, el centro-derecha que se presenta como la única opción realista de gobierno. Además, sus cuadros comprenden las dinámicas del poder en el Congreso y los últimos años han optado abiertamente (incluso contra sus propios intereses) por la gobernabilidad del Estado. Los que odian al fujimorismo tarde o temprano tendrán que reconocer que la nueva generación naranja ha consolidado un partido sin el cual no puede comprenderse el sistema político nacional.

Por eso, ante una elección clave, tenemos que optar por la estabilidad. Toda la ciencia política nos indica que los partidos son la clave de la gobernabilidad. Siendo consecuentes, el sistema necesita fortalecer sus columnas. La disyuntiva es simple: o democracia o revolución. El Perú, ancho y ajeno, ya ha probado la sangre de la cuota revolucionaria. Por eso, porque no hay sitio para la tibieza, porque la tibieza nos destruye, debemos optar por fortalecer la libertad y la democracia. Sin dudas, con firmeza.