“Lo que mal empieza, mal termina”. El adagio hoy retumba con fuerza tras una operación estadounidense que puso fin al régimen de Nicolás Maduro: un dictador, pero sobre todo un delincuente enquistado en el poder, que hundió durante décadas a un país rico en recursos y talento en la miseria más brutal.

Maduro no solo ejercía un poder de facto; es señalado como líder del llamado Cartel de los Soles y deberá responder ante la justicia estadounidense por narcotráfico. La operación de law enforcement con despliegue militar no solo descabezó al chavismo, también marcó un golpe relevante contra el crimen organizado regional. Trump valida así su política de “máxima presión” y confirma una regla básica de la geopolítica: cuando EE. UU. mueve tropas, no es casualidad, es decisión calculada.

El debate se abrió. Entre la “claridad moral” de Milei y la “posición legalista” de Sheinbaum, algunos cuestionan la intervención, pero, la soberanía no puede ser un escudo absoluto cuando un régimen criminal destruye a millones; todo tiene un límite. Resulta llamativo el legalismo selectivo de Lula, exlobista de Odebrecht y hoy crítico, mientras concede asilos políticos con evidente carga política. Más aún, el coro local de enanos políticos que cuestionan sin autoridad moral alguna.

La izquierda vuelve a exhibir su cinismo; severa con unos, indulgente con los suyos. Pero nada dura para siempre. Menos aún los regímenes sostenidos por el miedo, el delito y el dinero oscuro. Que este sea el principio del fin. Que viva una Venezuela libre.