Los esfuerzos que se hacen y las buenas intenciones en la lucha contra la criminalidad parecen ser en vano en todo el país, pero sobre todo en Trujillo, donde ya no solo se mata, hiere y amedrenta con balas como desde hace casi 20 años, sino también con explosivos como los que se colocan en negocios o en viviendas particulares, sin que haya mayor control al respecto.
El sábado por la mañana, en el distrito de Víctor Larco, cuando se encontraba en la ciudad el ministro del Interior, Vicente Tiburcio, fue atacada una discoteca ubicada a solo tres cuadras de otro negocio que a mitad de semana sufrió un atentado similar, sin duda de parte de extorsionadores. Lo bueno es que horas después fueron arrestados los responsables.
Tiempo atrás atacaron casas de gente vinculada a la minería de Pataz y hasta la sede principal del Ministerio Público, a pocas cuadras del centro de Trujillo.
Estamos seguros que la frecuencia de estos atentados dinamiteros es mayor a la sufrida por la capital liberteña durante los peores años del terrorismo en los años 80 y 90. Sin embargo, los bombazos de estos tiempos parecen no indignar a nadie, y lamentablemente se han convertido en parte del paisaje de una ciudad que jamás, en los sucesivos gobiernos, ha recibo la atención que debería.




