La crisis es en el Perú un lugar común. Si antes era motivo de preocupación ahora es toda una tradición. Hace poco hubo una explosión dentro de una discoteca en Trujillo, que dejó casi 50 heridos, y hubo más repercusión fuera del país que en el Perú. Parece que la indignación se ha transformado en resignación. Hemos pasado de la rabia al encogimiento de hombros, una mutación ciudadana que solo beneficia a los mediocres que nos gobiernan.
Si a esto le sumamos el alza del costo de vida por el incremento de los precios de los combustibles y la lentitud para solucionar las averías en el ducto de gas natural, convengamos que se ha alterado radicalmente el día a día de los peruanos. Y mientras el país cruje, el silencio de José Balcázar aturde.
Su parálisis no es prudencia, es incapacidad manifiesta. Un presidente que se queda gélido ante el incendio de su nación proyecta la imagen de un capitán que no solo desconoce el rumbo, sino que le teme al timón.
Se dice que un líder debe gestionar expectativas y vender esperanza. De Balcázar ya sabíamos que la altura del cargo le quedaba grande, demasiado, pero lo que resulta imperdonable es su absoluta falta de esfuerzo por disimularlo en momentos en que el país está en medio de varias situaciones complejas.




