El debate organizado por el Jurado Nacional de Elecciones ha dejado una sensación inquietante: no ha servido para que el elector piense y se decida, cuando ese es su propósito funcional. Reducir la intervención de los candidatos a un minuto limita su expresión y la vacía de contenido. En sesenta segundos no se puede desarrollar una idea, mucho menos una propuesta de gobierno. Lo más grave es que ni se permite exponer una propuesta central con claridad. El candidato enuncia, pero no explica; menciona, pero no desarrolla. Así, la política queda reducida a frases sueltas, a impactos momentáneos, a intentos de decir algo antes de ser interrumpido. No hay argumentación, no hay profundidad, no hay posibilidad de comprensión. A ello se suma un problema esencial, la cantidad de candidatos. Lejos de ordenar el debate, el formato los ha colocado en una sucesión vertiginosa que impide distinguir entre ellos. El elector no puede comparar propuestas ni identificar liderazgos. Todo se mezcla en una misma superficie plana donde da lo mismo uno que otro. El resultado confunde en lugar de esclarecer. Un debate democrático debe permitir al menos que cada candidato exponga con claridad su propuesta principal. Si eso no ocurre, el debate pierde sentido. La democracia no puede reducirse a consignas planteadas en un minuto. En lugar de informar, se ha saturado. En lugar de deliberar, se ha fragmentado. La decisión ciudadana merece una mejor organización para un debate que se anunciaba crucial.




