Entre 2020 y 2025, el presupuesto de las universidades públicas aumentó en más de 50% al pasar de S/ 5.100 millones a cerca de S/ 7.700 millones. Se trata de uno de los incrementos más significativos del gasto público en educación superior de las últimas décadas. Sin embargo, el resultado contradice cualquier expectativa razonable: la matrícula en las 49 universidades públicas licenciadas no solo se estancó, sino que se redujo ligeramente. ¡Más recursos para menos estudiantes!

Este desfase debería encender una alerta en el debate público, porque cuando un aumento sostenido del presupuesto no se traduce en mayor cobertura ni en mejores servicios, el problema deja de ser financiero y se convierte en uno de gestión, incentivos y diseño institucional. Insistir en que la universidad pública necesita más dinero, sin evaluar cómo se usa el que ya tiene a disposición, resulta una discusión estéril. El análisis del gasto ayuda a entender esta paradoja: Una parte mayoritaria del presupuesto se destina a gasto corriente, principalmente planillas docentes y administrativas. El crecimiento del financiamiento ha servido, en gran medida, para sostener estructuras internas antes que, para expandir vacantes, mejorar la atención al estudiante o modernizar la oferta académica. La inversión en investigación y en innovación educativa sigue siendo groseramente reducida frente al tamaño del presupuesto total.

Más preocupante aún resulta el que varias universidades públicas hayan perdido miles de estudiantes en los últimos años sin que ello implique ajustes relevantes en sus asignaciones presupuestales. El financiamiento, queda claro, no está vinculado ni a la demanda real ni al desempeño institucional. No se premia a quien atrae más alumnos, mejora tasas de graduación o responde a las necesidades del mercado laboral; tampoco se corrige a quien pierde matrícula de manera sostenida. Nuevamente: el Estado nunca es un buen gestor.

Como advertía Ortega y Gasset, “toda institución que no se reforma se deforma”. La universidad pública corre ese riesgo cuando el presupuesto se convierte en un fin en sí mismo y no en una herramienta para cumplir su misión. Mientras tanto, miles de jóvenes optan por universidades privadas ante una oferta pública que no logra adaptarse ni crecer. El desafío, por tanto, no es solo gastar más recursos del presupuesto público, sino gastar mejor. Vincular presupuesto a resultados, cobertura y calidad no es una opción ideológica, por si acaso, sino una exigencia básica de responsabilidad con los recursos de todos los peruanos y con los estudiantes que el sistema debería priorizar.