Sí, uso inteligencia artificial. Pero conviene aclarar algo esencial: mis columnas no nacen de la IA como si se tratara de una máquina que produce ideas en automático, listas para ser firmadas. Detrás de cada texto hay un proceso exigente, iterativo y, sobre todo, profundamente personal. Comienzan con una inquietud humana: experiencias, lecturas, obsesiones. Luego uso la IA como interlocutor exigente, no como sustituto. Le doy insumos, le planteo preguntas, le exijo enfoques.

El trabajo real está en revisar, corregir, descartar. Diez, quince, veinte versiones si es necesario. Cada respuesta insatisfactoria afina el rumbo. La IA propone; yo dispongo. Mi aporte es la creatividad, la originalidad del hilo conductor, el pulso fino que busca coherencia y emoción.

Escribir no es solo ordenar palabras: es transmitir una mirada. La tecnología sugiere estructuras y acelera procesos, pero no decide qué vale la pena decir ni asume la responsabilidad. Quienes ven demérito miran con lentes del pasado. El desafío es usar la IA con rigor y honestidad.

Quienes ven en el uso de la IA un demérito quizá lo miran con lentes del pasado. Cada época redefine sus herramientas, y con ellas, sus estándares. El desafío no es evitar la tecnología, sino usarla bien: con rigor, con honestidad y con una clara conciencia de que sigue siendo eso, una herramienta

Así que sí, uso inteligencia artificial. Pero el producto final lleva mi firma no por el acto mecánico de haberlo editado, sino porque refleja mi pensamiento, mi estilo y mi intención. Y eso —por ahora— ninguna máquina lo puede hacer por mí.

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