La colisión de la placa del Caribe y la Sudamericana provocó dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 en Venezuela, con epicentros en La Guaira. Esta fuerza sísmica a poca profundidad es la peor registrada desde 1900, con consecuencias terribles.
Se calcula 1700 fallecidos, cinco mil heridos, daños económicos por seis mil 700 millones de dólares (6% del PBI), 189 edificios colapsados y, según imágenes de la NASA, alrededor de 59 mil con fallas.
La solidaridad nacional e internacional ayuda, aunque siempre resulta insuficiente. Pobladores venezolanos sin herramientas adecuadas remueven escombros buscando sobrevivientes. Equipos de salvataje especializados llegaron de México y Perú, entre otros.
El Perú es zona sísmica y sujeta a fenómenos naturales que se convierten en desastres por falla humana. Recordemos en 2007 tragedia del terremoto en Pisco: 76 mil viviendas destruidas, 595 fallecidos, 2 mil 291 heridos y 450 mil damnificados. Recibimos ayuda y rescatistas de México, Cuba, Venezuela, Chile y más.
No podemos continuar cediendo permisos para construir sin todas las garantías de diseño y estructura antisísmica o construir en zonas vulnerables, cerca de acantilados, lechos de ríos o lechos de lagunas, porque multiplican el desastre ante la ocurrencia de fenómenos naturales.
En economía necesitamos crecer y también redistribuir esa riqueza porque 30% de pobreza, 47% de menores con anemia y 12% de menores con desnutrición crónica es ¡una generación perdida!
El derecho a la vida digna es el principal derecho. Se requiere respetar protocolos de seguridad y un alto a la corrupción que salta normas por lucro o deja de pagar impuestos.




