Si existe algo más peligroso que un fenómeno climatológico extremo, es enfrentarlo desde la improvisación. Mientras distintos países de la región ya vienen activando alertas y evaluando escenarios frente a un eventual fenómeno El Niño de fuerte intensidad, en el Perú reina un silencio preocupante. ¿Tenemos una estimación seria de los impactos económicos, energéticos, logísticos o agrícolas que podría generar? ¿Existe un plan articulado de mitigación? ¿Quién está informando al país?

En Colombia ya se advierte sobre posibles afectaciones al sistema energético y sobre medidas preventivas para reducir riesgos. En el Perú, en cambio, el debate público parece consumido por el sinuoso proceso electoral, que, aunque importante, hace que nos olvidemos de otros temas más que relevantes para el pais. Entre ausencias de liderazgo y una institucionalidad cada vez más erosionada, el país exhibe crudamente su vulnerabilidad frente a fenómenos climáticos.

Basta revisar algunos datos elementales para entender el problema. ¿Cuántas obras de prevención impulsadas por la ANIN fueron desfinanciadas por anteriores ministros de Economía? ¿Qué porcentaje del presupuesto de gestión de riesgos se ha ejecutado realmente este año? Porque cuando llegan los huaicos, inundaciones o colapsos, toda la responsabilidad recae cómodamente sobre el Ejecutivo, ignorando que buena parte de las competencias preventivas están precisamente en los gobiernos subnacionales.

El problema no es solo climático; es institucional. Seguimos reaccionando después de la tragedia y no antes de ella. Si queremos crecer, reducir vulnerabilidades y construir un país resiliente, primero debemos reconocer qué está fallando realmente y actuar sobre planes concretos y reales, no solo para la foto.

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