Hacer política en tiempos de corrupción e inestabilidad ya no es solo un desafío para quienes aspiran al poder. Es, sobre todo, un problema para una ciudadanía que empieza a desconectarse emocionalmente de la democracia. A poco más de un mes de las elecciones presidenciales en el Perú, el dato más revelador no es quién encabeza las encuestas, sino el alto porcentaje de indecisos (42%) y ello no es simple cálculo estratégico, es apatía. Es la sensación extendida de que votar ya no garantiza estabilidad ni rumbo.

En los últimos años, el país ha normalizado la fragilidad presidencial. Mandatos interrumpidos, vacancias exprés, confrontación constante entre Ejecutivo y Congreso. ¡Hemos tenido ocho presidentes en los últimos 10 años! El mensaje que ha recibido la ciudadanía es devastador: el presidente puede ser elegido por millones, pero su permanencia depende de un equilibrio político frágil, volátil, a tan solo “66 votos” de distancia. Ese desequilibrio ha generado una percepción clara: el Congreso concentra una fuerza determinante, mientras la Presidencia luce estructuralmente débil y secuestrada. Cuando el Legislativo puede activar mecanismos que ponen fin a un mandato sin que medie un quiebre Constitucional sólido y racional, el voto pierde parte de su peso simbólico. Muchos ciudadanos se preguntan, con crudeza: ¿para qué elegir si el resultado puede ser revertido por correlaciones parlamentarias?

La apatía es peligrosa porque no genera titulares estridentes. No toma plazas ni incendia redes. Simplemente se instala. Se expresa en votos sin convicción, en decisiones tomadas a último momento o en un respaldo débil que no construye legitimidad sólida. Y un presidente que asume con legitimidad frágil enfrenta desde el inicio un entorno propicio para la confrontación. El riesgo no es solo la baja popularidad de un gobierno. Es la consolidación de una cultura política donde el Congreso actúa con lógica de poder inmediato y la Presidencia gobierna bajo amenaza constante. En ese escenario, la estrategia sustituye al proyecto y la supervivencia reemplaza a la reforma. Recuperar la relevancia del voto exige algo más que discursos de campaña. Exige compromisos claros de gobernabilidad, respeto a las reglas y responsabilidad institucional. Porque cuando la ciudadanía empieza a creer que elegir no cambia el desenlace, la democracia comienza a vaciarse lentamente y ese vacío siempre encuentra un estratega que lo capitalice. Emulando a Confucio, siempre es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad. ¡Votemos, con responsabilidad!