Carlos Alberto Olivares Jaramillo: Médico, exdirector de la Villa Panamericana
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Las imponentes torres de 20 y 19 pisos de la Villa Panamericana entraron a la batalla contra el Covid-19 el 30 de marzo de 2020. Su primer director, el médico general Carlos Olivares Jaramillo, con 20 años de experiencia, se puso al frente de 900 profesionales de la salud (médicos, enfermeras, técnicos, administrativos) para el combate en la primera ola.
Este complejo hospitalario de EsSalud, para pacientes en la primera fase del mal, ha salvado la vida de 28 mil personas (marzo 2020-febrero 2021). Lo sigue haciendo en esta segunda ola. Los contagiados cumplen aquí el aislamiento por dos semanas. El objetivo de los profesionales es frenar el virus en primera fase, de modo que el paciente vuelva a casa, recuperado, sin riesgo de transmitir el virus.
Pese a todos los cuidados, el doctor Olivera contrajo el virus en mayo. Fue internado por 14 días y retornó a su labor. Continuó en su tarea de liderazgo todo el año. Una prueba en enero último reveló que había vuelto a contraer el virus. Su esposa, una hija pequeña y su suegra resultaron infectados. Cuatro días después Olivares y su suegra empeoraron y tuvieron que ser trasladados a la Villa. Cada día su situación se iba agravando. Finalmente fue intubado, igual que su suegra. Su esposa, enfermera de EsSalud, empezó a temer por la vida de su compañero. El virus había comprometido el 35% de los pulmones. Fue conectado a un respirador en cama UCI. Al final, su organismo resistió. El pasado 15 de febrero fue recibido en la Villa entre aplausos de sus compañeros. “El temor, el miedo, claro que existen (...) sobretodo como veía (...) mi deterioro. Es indescriptible, pensaba en mi familia, en lo que hice y no hice. Pero tuve fe, yo creo en Dios”, dijo a este diario.
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José Luis Barsallo: empresario
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La gente no tardó en llamarlo “El Ángel del oxígeno” y comenzó a hacer fila con sus balones frente a una modesta tienda de la Av. Alfredo Palacios, urbanización Centenario, en el Callao. De la noche a la mañana se formó una cola de cuatro cuadras con personas desesperadas esperando que José Luis Barsallo abriera su local de venta de oxígeno medicinal. De 20 balones pasó a 150 por día. Tuvo que ampliar el horario de atención hasta las 8 de la noche y así poder ayudar a más personas.
Para sus competidores era un infeliz sin habilidad comercial o estaba algo zafado, puesto que rehusaba aplicar la ley de oferta y demanda en un mercado que podía pagar altísimos precios por el vital producto. Cientos, miles de familiares vendían sus bienes, pedían préstamos caros, agotaban los ahorros o hipotecaban sus casas para salvar a sus seres queridos.
En junio de 2020, los vendedores comunes llegaron a cobrar hasta diez veces el precio normal: cilindros de 10 metros cúbicos a S/6 000 y recargas por 50 a S/100 el metro cúbico.
En medio del festín, los precios de Barsallo eran los de siempre: S/15 la recarga por metro cúbico. Pronto comprendió que no era posible atender a tantos y convenció a un colega de San Juan de Miraflores para ampliar el negocio con el mismo precio. Barsallo no puede calcular cuántas vidas ayudó a salvar. “Lo que hago no es nada extraordinario, solo lo correcto sin dejar de tener una ganancia”, dice con humildad el exenfermero de la Marina.
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Miriam Guzmán Loayza: Empleada de la Gerencia Regional de Salud de Moquegua
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Desde mayo del año pasado, Miriam Guzmán dirige el equipo humanitario de recojo de cadáveres en viviendas y calles de Moquegua para la Gerencia Regional de Salud. Un chofer, dos técnicos y un médico acuden al llamado telefónico de la Policía dando cuenta que un paciente de COVID-19 perdió la batalla en la soledad de una avenida o durante una madrugada en familia. En lo que va de la pandemia, su tarea encontró el pico en la primera semana de agosto de 2020 cuando recogía de 6 a 8 fallecidos diarios.
“He perdido amigos, colegas y familiares, ‘¿qué hice mal?’, era la pregunta de los pacientes durante su agonía”, comenta.
Recuerda que un día, cuando se dirigía a una comisión, vio a un señor con su menor hijo pidiendo información en la puerta del Hospital Regional. “A los 20 minutos me informan que un adulto murió frente al nosocomio, era el mismo señor, le dio un ataque de tos, cayó y nunca más se levantó. Fuimos a recogerlo, el impacto fue terrible”, recuerda.
Para esta segunda ola, la incidencia de muertes fuera de los hospitales ha bajado de 1 a 2 casos diarios en la región, aunque en los nosocomios los decesos continúan siendo altos: 14 vidas se pierden cada 24 horas. Ilo es el punto más atacado por la pandemia.
La labor de Miriam es de total consagración al prójimo. El efecto psicológico es fuerte. Entre sollozos, al término de la entrevista con este medio, revelaba la pérdida de un amigo en el área donde trabaja. A este, le sobrevino un infarto tras contraer coronavirus.
Fortunata Palomino Barrios: Presidenta de la Red de Ollas Comunes
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Cuando el Ejecutivo declaró el 15 de marzo de 2020 cuarentena general debido al brote de la epidemia del coronavirus en el país, los fantasmas del pasado volvieron para Fortunata Palomino, presidenta de la Red de Mujeres Organizadas de Carabayllo y Red de Ollas Comunes de Lima Metropolitana, que alimentan a más de 400 mil familias.
“En la época del shock (1990) hicimos ollas comunes para apoyar a la gente. Había dejado en el olvido eso, pero con la pandemia la mayoría de vecinos perdió su trabajo y los ahorros empezaron a volar. Por eso, decidimos implementar una olla común, que empezó con un saco de arroz, un saco de papa y cinco pollos”, refiere. Cada plato de comida cuesta S/ 1 y los que no tienen dinero ayudan en la cocina. Fortunata, de 56 años, cuenta que la valentía y el coraje que la hacen resistir diariamente responden a la sangre de sus ancestros ayacuchanos que se enfrentaron y sobrevivieron al terrorismo durante los años 80 y 90.
Como miles de peruanos, 25 compañeras dirigentes perdieron la vida a causa del virus en medio del colapso del sistema sanitario. Fortunata y su familia se contagiaron, pero se recuperaron. Su mayor satisfacción es haber logrado que el Ministerio de Inclusión y Desarrollo Social haya asignado S/ 30 millones en beneficio de 1,837 ollas comunes.
Karen Valdivia Ramírez: enfermera intensivista del Minsa
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En marzo del año pasado recibió una llamada telefónica solicitando sus servicios de enfermera en Lima. Le dijeron que su puesto era para la UCI COVID-19. No se negó porque “mi vocación es servir a los demás”. Así, dejó a sus dos menores hijos al cuidado de sus padres en Camaná, Arequipa, con la promesa de volver pronto. “Yo pensaba volver en tres meses, pero ya pasó un año y no he vuelto a abrazar a mi familia. Tengo miedo de tomar un avión y contagiarlos; mis padres son diabéticos y mis hijos tienen 10 y 3 años”, narra Karen Valdivia Ramírez, de 32 años, cuyo mayor deseo es que sus padres puedan ser vacunados dentro de poco para romper la pantalla del celular y poder abrazarlos de verdad.
Su mayor miedo sucedió el 29 de junio cuando se contagió de coronavirus y tuvo que permanecer hospitalizada ocho días con neumonía. Luego de 48 días de recuperación, volvió al hospital y a la clínica donde labora en turnos de 12 y 24 horas, respectivamente. “Por más que uno se cuide, terminamos contagiándonos al quitarnos el EPP, en las áreas comunes o al quitarnos la mascarilla para comer”, señala. La segunda ola está tan fuerte, cuenta, que al día ve fallecer tres o cuatro pacientes, mientras más de 50 esperan por un ventilador mecánico. Pese a su fuerza de voluntad, el agotamiento físico y mental ya le pasa factura.
Joseph Guevarra Portabarria: Médico venezolano del Minsa
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El médico cirujano Joseph Guevara llegó hace tres años al Perú buscando un mejor futuro. Al inicio se dedicó al comercio ambulatorio y luego a supervisar el aplicativo de un banco. Pero en junio de 2020, durante la primera ola de la pandemia del COVID-19, tuvo la oportunidad de ejercer su profesión: el Ministerio de Salud lo contrató como parte del Equipo de Respuesta Rápida del establecimiento Perú-Corea en Ventanilla.
Guevara, de 29 años, cuenta que quería brindar sus conocimientos en el Perú en agradecimiento por abrirle las puertas a él y a miles de sus compatriotas. Para ello, revalidó su título en la Universidad de Piura.
“Mi trabajo consiste en llegar a los domicilios en los tiempos precisos para realizar los diagnósticos correctos y poder salvar la mayor cantidad de vidas posibles”, expresa el joven médico. Más de 5 mil compatriotas suyos se han sumado a los profesionales peruanos a lo largo de 2020 en esta lucha invisible contra el coronavirus. “Estamos en un momento en que no debemos regirnos por la nacionalidad, sino por un sentido humanitario. Hay que dejar barreras, romper fronteras para poder salvar la mayor cantidad de vidas; la salud es igual en cualquier parte del mundo, la vida de una persona tiene un valor más importante que un proceso de fronteras y distinciones”, sostiene el profesional de la salud.
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