Los años finales del fujimorismo sirven de telón de fondo para “El peso del aire” (Alfaguara), la nueva novela del escritor peruano Raúl Tola. A partir de uno de los episodios más convulsos de la historia reciente del país, el autor explora el poder, el periodismo, los silencios familiares, la memoria y las contradicciones que hacen profundamente humanos a sus personajes. En conversación con Correo, reflexiona sobre el oficio de narrar y esa frontera —siempre frágil— entre la verdad y la ficción.
“Es una novela sobre mi experiencia como periodista de televisión y cuenta la historia de un joven que empieza a trabajar casi por casualidad en un pequeño canal de noticias durante la dictadura de Fujimori (2000), cuando publicaba aquello que los demás canales, controlados por Vladimiro Montesinos, no difundían. [...] Quería contar esas emociones, esas impresiones y esa Lima que se vivía entonces. Una de las grandes ventajas de la literatura es que permite vivir otras vidas e incluso revivir la propia”, comenta Raúl a Correo.
¿“El peso del aire” es una novela de autoficción?
No creo mucho en el término autoficción, porque siento que, en la práctica, toda ficción tiene un punto de partida personal, muchas veces autobiográfico, vinculado con la vida del escritor. [...] Por eso considero que el término autoficción es un pleonasmo. Es, simplemente, literatura.
Aunque muchos lectores no vivieron esa época, es fácil conectar con los personajes.
Ahí importa más el proceso que atraviesan los personajes que la anécdota histórica. Uno siente pena, alegría, se conmueve y termina identificándose con ellos. Esteban Gamio es el protagonista, pero a lo largo del libro cede la palabra a un chofer de unidad móvil, un agente del SIN, el fundador del canal, el director, Montesinos, Fujimori y hasta una practicante que luego se convierte en estrella de la televisión.
Los lectores encuentran algo de sí mismos en cada personaje...
La literatura también es un mecanismo de conocimiento, pero muy particular. Uno llega a la verdad literaria a través de la mentira, porque todo lo que cuenta una novela es ficción. La literatura plantea preguntas y responde esas preguntas con otras preguntas. Ese proceso de búsqueda es parte de su riqueza.
Como periodista has narrado hechos reales y, como novelista, exploras verdades emocionales. ¿Cuál de los dos desafíos es más complejo hoy?
Ambos tienen sus propias dificultades. Cuando narras hechos reales te enfrentas a la necesidad de la verosimilitud. [...] El reto consiste en matizar esos hechos para que esa exageración no rompa la verosimilitud de la novela.
¿El periodismo limita al novelista o, por el contrario, lo enriquece?
Se ha hablado mucho sobre la relación entre literatura y periodismo.
A partir del nuevo periodismo en Estados Unidos, con autores como Gay Talese, Tom Wolfe o Hunter Thompson, quedó claro que la literatura podía enriquecer el periodismo incorporando nuevas preguntas y recursos narrativos.
Ya no bastaba con responder quién, cómo, cuándo y dónde. También interesaba saber qué sentía una persona, qué la motivaba o qué ocurría en su entorno. Del mismo modo, la literatura también se enriqueció con el periodismo. Hemingway es un ejemplo clarísimo: aprendió ese estilo de frases cortas mientras trabajaba como periodista.
No creo que el periodismo limite al novelista. Sí creo que existe una frontera que nunca debe cruzarse: la que separa la verdad de la mentira.
El periodismo debe aspirar a contar la verdad. La literatura, en cambio, siempre es una mentira, incluso cuando se inspira en hechos reales. Por lo menos, la literatura que yo intento practicar.
En esta y otras novelas dialogas constantemente con el pasado. ¿Qué te interesa de la memoria como territorio literario?
Me parece que, básicamente, somos pasado. Somos aquello que ocurrió antes de nosotros y lo que ocurre mientras vivimos. El futuro todavía no existe. Para comprender el presente es indispensable conocer el pasado. Muchas veces he descubierto que acontecimientos que creemos nuevos ya ocurrieron antes en el Perú. Conocer ese tránsito entre el pasado y el presente nos ayuda a comprender mejor el tiempo que vivimos y, ojalá, a no repetir los mismos errores.
En tus novelas parece existir ese mismo interés por el vínculo entre la historia personal y la historia del país...
Ese probablemente sea el tema central de mis novelas: la relación entre el individuo y la historia. Cómo las personas transforman la historia y, al mismo tiempo, cómo la historia transforma, condiciona y trastoca la vida de los individuos.
Lo que me interesa es la perspectiva de los seres humanos. No somos completamente racionales; somos emocionales, contradictorios, caprichosos. Muchas cosas nos ocurren por casualidad y no porque las hayamos planeado.
Muchas veces los grandes procesos históricos terminan decidiéndose por motivos profundamente personales. Eso me interesa mucho más que las grandes explicaciones teóricas de la historia o la ciencia política.
En “El peso del aire” abordas los secretos familiares y las fracturas de nuestra sociedad. ¿Es una decisión consciente al escribir?
Sí, absolutamente. Aunque muchas cosas surgen de manera natural mientras escribo, soy consciente de que me interesa explorar esos pequeños dramas cotidianos, esos universos llenos de complejidades, afectos y conflictos que existen en todas las familias. En “El peso del aire” aparece justamente una familia desestructurada que intenta salir adelante, pero que termina siendo alcanzada y destruida por la propia historia.
Para terminar, ¿qué peso tiene el título “El peso del aire” y qué representa ese “aire” dentro de la novela?
El título es, evidentemente, un juego con el “aire” televisivo. Tiene una doble connotación. El aire también pesa, pero es un peso que nos resulta imperceptible; no lo sentimos.
Quería que el título resumiera el libro: todo aquello que oprime y, al mismo tiempo, expande la vida del protagonista por el hecho de salir al aire, de estar en televisión. Esa experiencia transforma su vida y lo enfrenta a un momento extraordinario. Todo ese peso, toda esa densidad, también termina transformándolo.
Creo que tuve la suerte de encontrar el título que necesitaba la novela. Encontrar un buen título es muy difícil. Hay autores, como Alfredo Bryce, que parten de un título y construyen la novela a partir de él. Otros lo descubren mientras escriben. Gabriel García Márquez, por ejemplo, encontró Cien años de soledad en la última frase de la novela.
En mi caso, "El peso del aire" estuvo presente casi desde el inicio. Nació junto con la idea del libro y creo que resume muy bien sus 470 páginas.
SOBRE EL AUTOR
Raúl Tola, Escritor
Ejerce el periodismo desde 1992, ingresó a televisión en 1999 y ha publicado Noche de cuervos, Heridas privadas, Toque de queda, Flores amarillas, La noche sin ventanas y La favorita del Inca. Es director de la Cátedra Vargas Llosa en Madrid.
50 años tiene el autor nacido en 1975, en Lima.
470 páginas tiene “El peso del aire”.
1999 publicó su primera novela “Noche de cuervos”.
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El también periodista presentó en la FIL Lima 2026 “El peso del aire”, una novela que revisita los años finales del fujimorismo y reflexiona sobre la memoria, el poder y las contradicciones humanas