Blackbird llega al escenario como una exploración incómoda y profunda sobre el poder, la culpa y las consecuencias de las decisiones del pasado. En esta en escena, Tania López Bravo asume el reto de interpretar a Una, un personaje complejo que la enfrenta a las heridas de una relación marcada por el desequilibrio y las preguntas que permanecen abiertas con el paso de los años.
En conversación con Correo, la actriz peruana reflexiona sobre el proceso de construir un personaje lleno de contradicciones, el desafío de abordar una historia que exige sensibilidad y cuestionamiento, y la manera en que el teatro permite mirar realidades difíciles desde la empatía y la comprensión humana.
—Blackbird es una obra que confronta al espectador con temas muy incómodos. ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando leíste el texto y qué te hizo aceptar este reto?
Lo primero que pensé fue: “Qué difícil este texto, este personaje”. Me quedé con muchas dudas, con mucho conflicto sobre a quién creerle, cuál es la verdad de este vínculo y de las emociones que tienen estos personajes. Me quedé con mucho conflicto. ¿Y qué me hizo aceptar? Bueno, primero, que Sergio (Paris) y yo queríamos trabajar juntos en una nueva obra desde hace tiempo. Entonces, hubiera sido ese texto u otro, igual íbamos a trabajar juntos y yo iba a aceptar. Y no solamente por Sergio, sino también por trabajar con Miki (Mikhail Page), que me dirigía por primera vez. Aceptar todo el reto en sí de no saber si iba a poder hacerlo o no, enfrentar todas esas dudas y asumir el desafío completo.


—Tu personaje atraviesa emociones muy complejas y contradictorias. ¿Cómo fue el proceso para construirla sin caer en juicios morales, sino desde su humanidad?
Creo que, en realidad, empecé con juicios. Comencé juzgando un poco al personaje, preguntándome: “¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué no hace otra cosa? ¿Por qué continúa haciendo cosas distintas, nuevas y, cada vez, peores?”. Pero creo que comenzar desde ese lugar, desde el juzgamiento, hizo que me cuestionara a mí misma por qué lo estaba juzgando. A partir de ahí, empecé a investigar y a entenderlo más a profundidad desde un aspecto psicológico. Hablamos con psicólogos, sociólogos y abogados. Entonces, comenzamos a entrar un poco más en la cabeza de este personaje y de ese mundo. Y, después de entrar desde un lugar más lógico o racional, encontré la sensibilidad que todo ser humano tiene.
—Esta obra obliga al público a cuestionar sus propias certezas. ¿Ha cambiado también tu mirada sobre alguno de los temas que plantea la obra desde que empezaste a interpretarla?
Totalmente, sí. Porque, como te dije, al momento de leer la obra, yo, como lectora, tenía dudas sobre el personaje de Ray. Inconscientemente pensaba: “Pero estaba enamorado”. O sea, de alguna manera lo estaba justificando por todo lo que él, valga la redundancia, también justificaba.
Pero, después de investigar mucho más, de analizar distintos puntos de vista y de ponerme en la piel no solo de una persona, sino de preguntarme: “¿Qué pasaría si mi hija, a esa edad, me dice: ‘Ay, estoy enamorada y quiero tener una relación con este hombre de 40 años’?”, mi respuesta sería: “No”.
Y entonces surge la pregunta: “¿Por qué no?”. Ese cuestionamiento hizo, y sigue haciendo, que hoy tenga otra perspectiva. Me permitió entender que no solo basta con hablar del enamoramiento o justificarlo, ni romantizar el amor, sino comprender las condiciones de un abuso de poder, lo que implica realmente el consentimiento y todas las consecuencias que trae una relación que, en el fondo, no es del todo correcta.


—La relación entre los personajes está marcada por silencios, culpas y heridas del pasado. ¿Qué tan desafiante ha sido comunicar todo eso desde la contención más que desde la explosión emocional?
Fue bastante desafiante, primero en el aspecto artístico. Yo, como actriz, decía: “Ahora la gente va a estar atenta en todo momento, porque es una obra de larga duración, transcurre en un solo espacio y somos solo dos personajes”. Tenía muchas inseguridades sobre si el público iba a mantenerse atrapado, algo que, felizmente, se ha logrado de manera maravillosa. Después, creo que todo fluye. Cuando uno entiende qué está haciendo en escena junto a su compañero y ambos se sostienen mutuamente, todo empieza a fluir y el desarrollo de la obra avanza de forma natural.
—Como actriz, ¿qué herramientas descubriste o fortaleciste durante este montaje que sientes que marcarán tu carrera en futuros proyectos?
Qué linda pregunta. Creo que la sensibilidad. Tengo que concentrarme mucho antes de entrar a escena para estar un poco a flor de piel. Yo, como actriz y como persona, soy bastante racional y, a veces, me cuesta abrir mis emociones así nada más.
Creo que este personaje me ha dado, justamente, esa pequeña capacidad, esa facultad, de tratar de abrirme, ¿no? De mostrarme sin miedo a ser juzgada, ni por el equipo artístico, ni por el público, ni por nadie.
—Durante los ensayos, ¿hubo alguna escena o diálogo que te costó especialmente abordar porque removía emociones muy personales o difíciles de interpretar?
Todo. Sí, hubo un momento en particular que no sé si spoilear o no. Cuando agarro el tacho… Ya, solamente voy a decir eso. Me parecía como: “¿Por qué?”. O sea, para mí no tenía ni pies ni cabeza por qué estaba llegando a ese momento, ¿no? Pero después lo entendí mucho más y comprendí por qué llegaba hasta ahí.







