El huaylarsh no solo se baila: se hereda, se siente y se defiende con el cuerpo y el corazón. En el valle del Mantaro, donde la música marca el pulso de los carnavales, hay jóvenes que llevan casi una década entregando tiempo, esfuerzo y pasión a una danza que forma parte de la identidad huanca. Melany Gonzalo Guerrero y Luis Roca Caja son dos jóvenes que resaltan entre cientos de huancaínos que dedican tiempo y sacrificio al huaylarsh.
Melany Gonzalo Guerrero pertenece a la “Nueva Sociedad San Cristóbal de Huayucachi” y lleva más de nueve años bailando huaylarsh. Su vínculo con la danza nació en casa. “Mis papás bailan huaylarsh, ellos me transmitieron esa alegría y el folclore desde pequeña”, cuenta, convencida de que no se trata solo de pasos, sino de una forma de vivir y sentir la cultura huanca.

Aunque por estudios y trabajo ha tenido que salir del país, la distancia nunca ha logrado apagar esa conexión. “Cuando estoy en el extranjero siento una nostalgia enorme de escuchar un huaylarsh y no estar en mi tierra”, confiesa. Esa sensación es la que, año tras año, la impulsa a regresar. “He tenido oportunidades para quedarme fuera, pero siempre termino volviendo porque es lo que me apasiona”, cuenta con nostalgia.
Para Melany, bailar huaylarsh no responde a una recompensa económica, sino a una necesidad emocional. “Bastó bailar solo una vez para no dejarlo”, afirma. Asegura que cuando la música suena, el cuerpo responde solo. “No bailas por bailar, vives el huaylarsh, y eso es lo que transmites al público: alegría, energía y enamoramiento”.
Luis Roca Caja, integrante de la “Asociación Cultural Alwhis Lulay La Punta - Huancayo”, también acumula diez años de trayectoria. En su caso, el huaylarsh antiguo es una tradición familiar. “Toda mi familia lo baila, desde mis papás hasta mis hermanas más pequeñitas. Es hereditario, prácticamente”, señala con orgullo.

El camino, sin embargo, no ha sido sencillo. “Bailar huaylarsh conlleva una serie de sacrificios: trabajo, tiempo, disciplina. Sacrificamos todo, pero vale la pena”, sostiene con emoción, contando que sus entrenamientos empiezan desde noviembre, con ensayos diarios de hasta tres horas, priorizando la preparación física que exige esta danza.
Luis reconoce que el huaylarsh antiguo demanda mayor resistencia. “Se necesita más físico, más fuerza”, explica. Incluso, cuenta que en alguna oportunidad ha tenido que subir al escenario con molestias en la columna. “A veces no podía ni caminar, pero subes, bailas y te olvidas de todo. El huaylas es más que el dolor”, afirma.
Ambos coinciden en que el huaylarsh ha cambiado con el tiempo. Melany observa una danza más explosiva y homogénea, mientras que Luis defiende la esencia del antiguo, donde la fuerza y la resistencia son clave. Pese a las diferencias, ambos comparten el mismo sentimiento de pertenencia.
El mensaje que dejan es claro. “Que sigan difundiendo el huaylarsh y que los papás apoyen a sus hijos”, dice Melanie. Luis lo resume con sencillez: “Es muy bonito, no tengo palabras para explicar el sentimiento”. En cada zapateo, ambos demuestran que el huaylarsh no se abandona: se lleva en el corazón.





