“Hizo del pastel de choclo una filosofía de vida, y este a su vez, le devolvió la fuerza de existir y desplegar en su generosidad de ser los valores de la cocina peruana”, comenta Andrés Ugaz
“Hizo del pastel de choclo una filosofía de vida, y este a su vez, le devolvió la fuerza de existir y desplegar en su generosidad de ser los valores de la cocina peruana”, comenta Andrés Ugaz

Esta catástrofe se llevó a Norita, como le decíamos quienes tuvimos el privilegio de conocerla. Nora Melania Casilla Maldonado, hizo del pastel de choclo una filosofía de vida y este a su vez le devolvió la fuerza de existir y desplegar en su generosidad de ser, los valores de la cocina peruana.

Nació el último día del año 1958 en Ichuña, Moquegua y desde muy niña acompañó a su madre que además de pastora trabajaba en la chacra. A los 8 años siguió acompañando a su madre haciendo el trabajo doméstico en casa de la familia Cornejo.

Estuvo en Moquegua hasta los 20 años de edad. La cocina peruana no sólo se expresa en sabores invencibles, preparaciones que marcan los días de la semana y en las familias del campo que lograron las paletas de colores nuestras papas y maíces. Tampoco lo son, únicamente, los puestos de vereda y mercados, los restaurantes y las sobremesas que hemos recuperado en esta pandemia. Vive y se transmite con la naturalidad del lenguaje gracias a historias de mujeres -como diría García Márquez- cuya terquedad mitológica dieron la vuelta a la tuerca de nuestra historia. La cocina peruana se alimenta de pasajes familiares cotidianos y domésticos e historias como las de Norita.

Feria gastronomica Peru Mucho Gusto en Tacna - Picanteras - Hacienda de olivos o aceitunas La Noria - Isabel Alvarez del Señorio de Sulco - Gianfranco Vargas Flores el aceite de Olivo - zona arqueologica Miculla - Wititi - pastelera Nora Casilla Maldonado 69149
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Vivencias

Nora, a sus 20 años, llegó a Pachía-Tacna sin saber aún que un día sería una de las cocineras más importantes del Perú. Mientras trabajaba en casa de la señora Inés, en las marmitas de sus recuerdos de niña ya estaba cocinando la receta de su pastel de choclo. Junto a Julia Ziña, su compañera de masas y vecina cómplice, recrearon su propia versión del pastel de choclo que les daría las posibilidad de poner su propio negocio.

La vida de Norita es una bella metáfora de nuestra cocina, que es buena no por todo lo que tiene, sino por todo aquello que tuvo que prescindir con dignidad y mucho ingenio. Este año se cumplirían 25 años de ese día que salió por primera vez con mandil y gorro blanco a ofrecer de puerta en puerta, sus doce porciones de pastel de choclo. Con mucha dudas y con miedo, ese que te impulsa y no te paraliza y que poco a poco fue menguando a medida que desaparecieron los trozos de pastel de su bandeja. Una vez leí que en Tacna hay dos consensos: la bandera y que el mejor pastel de choclo es el de Norita.

A sus 38 años junto a su esposo Víctor Mendoza, tuvieron a su única hija, Rosmery. Los tres hicieron del pastel de choclo una marca familiar y gracias a la sutileza de un sabor que más parece caricia, pudieron lograr construir la casa que siempre Norita soñó.

El pastel de cholo de Pachia alentó el diálogo de una madre con una hija, en medio del molido, mezclado y horneado de interminables pasteles que vieron crecer a Rosmery, que según Norita, entendió los por qué de los cuándo de su pastel. Pero sobre todo, el pastel de choclo nos da la oportunidad de transformar la catástrofe en fidelidad.

Si para algunos –y me incluyo en ellos– todo aquello que hemos mejorado como sociedad en los últimos años se lo debemos a nuestra cocina, y en particular a personas que como Norita; desde sus principios, todo lo que nos falta para ser mejores, podemos lograrlo con los medios que nos han legado. Levantado la bandera de su pastel de choclo como un estandarte caído, después de esta guerra.


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