Que un chocolate diga en la etiqueta “bean to bar” (y muchos me acribillarán por esto) no lo hace mejor. Es solo una categoría o filosofía de trabajo.
Que un chocolate diga en la etiqueta “bean to bar” (y muchos me acribillarán por esto) no lo hace mejor. Es solo una categoría o filosofía de trabajo.

La pregunta de si el chocolate es para todos ha aparecido recurrentemente en mis redes sociales. No es trending topic, pero el “algoritmo” me la muestra con insistencia. Lo cierto es que la pregunta cabe y las respuestas no son cómodas, obvias, tabuladas, empáticas, correctas o incorrectas.

Algunos de los argumentos parten de que ahora el cacao sí tiene un precio justo, más allá de sus altas y bajas en la bolsa, y que los productores sí se benefician. Esto es una verdad con infinitos matices. Por muchos años, un producto tan complicado de producir y cosechar como el cacao era muy mal remunerado, al punto, que chocolateros y empresas de productos de lujo viajaban, y todavía se trasladan, a países productores, con el fin de hacer tratos directos, incluso ofrecen precios por encima del mercado, siempre y cuando le garanticen granos de impecable calidad. Aquí aparece un tema de confianza que lo trataré en otra columna.

Si a lo descrito se suman procesamiento, fletes, gastos de chocolaterías artesanales e industriales, marketing, temas fiscales, entre otros, los precios se van al espacio sideral.

Entonces, retomo a la pregunta, ¿el chocolate es para tod@s o solo para quien puede pagar su verdadero valor?

Chocolates hay de muchos tipos. Una receta que viene acompañada de otros ingredientes. No es lo mismo uno de factura industrial a uno artesanal y dentro de ambos rubros hay segmentos, públicos objetivos. Sí, el poder adquisitivo influye, pero no es determinante. Ni el gusto del comensal está sujeto a su capacidad económica.

Uno de los factores que hizo que creciera la chocolatería fue que, después de la Segunda Guerra Mundial, se masificó –nos guste o no– el hecho de encontrarlo en muchos lugares, que forme parte de la cotidianidad y de la celebración, con y sin protocolos, que sea asequible, imprima energía y su capacidad casi infinita de mezclarse, que genera alegría y disfrute, lo hacen un alimento universal.

Pero debemos tener cuidado. Desde hace un poco más de dos décadas pisa el terreno del esnobismo, que apunta a un producto cuya calidad se mide por la presencia y proporción de cacao en la receta. Que un chocolate diga en la etiqueta “bean to bar” (y muchos me acribillarán por esto) no lo hace mejor. Es solo una categoría o filosofía de trabajo.

¿Qué pasa entonces con el que venden en el grifo o en la bodega? Es válido siempre y cuando cumpla las normas legales. Con frecuencia me dicen, “a mi me gusta el chocolate S.”, entonces, les respondo que, si paga un sol, obtendrá lo que ese precio puede ofrecer. ¡Atentos! El precio tampoco es sinónimo de calidad.

Invito a que miremos con buenos ojos otras alternativas, el chocolate no como un fin en sí mismo sino como parte de una receta. De hecho, países como Perú lo consumen más en postres y bebidas que en tabletas. El cacao no solo da chocolate, también se extrae polvo, manteca y ahora se extrae mucílago, harinas entre otros productos.

Todos tenemos derecho a comer chocolate, aunque lamentablemente no es ajeno a las desigualdades sociales y económicas.

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