La educación para y en la diversidad comprende dimensiones que interactúan y enriquecen la dinámica escolar y generan necesidades educativas particulares a las personas y las comunidades. Reconocer y responder a esta diversidad requiere valorar que los seres humanos somos diferentes.
La diversidad por capacidades y desarrollo socioemocional para el aprendizaje, conocida también como diversidad funcional, incluye diferencias en habilidades cognitivas, físicas, sensoriales, así como actitudes socioemocionales. Aquí se encuentran los trastornos específicos del aprendizaje —como la dislexia y la discalculia— los estilos de aprendizaje, los talentos, la superdotación, las discapacidades físicas, sensoriales, intelectuales, los trastornos del neurodesarrollo y situaciones de multidiscapacidad.
La diversidad, también, surge de factores sociales, económicos, culturales, étnicos y religiosos. Los estudiantes experimentan la vida condicionados por sus relaciones sociales, el acceso a recursos económicos, las tradiciones culturales, las identidades étnicas, la interculturalidad y las orientaciones sexuales, así como sus creencias religiosas.
Los contextos impactan en el desarrollo educativo. En ellos influyen rasgos de personalidad como apertura, responsabilidad; dinámicas familiares diversas (hogares monoparentales o entornos desestructurados), eventos de vida significativos y el contexto geográfico “urbano o rural”.
Es necesaria una consistente formación de los docentes y generar las condiciones básicas de calidad educativa. No olvidemos que nuestro sistema educativo debe tomar en cuenta “que los alumnos tienen el derecho a ser reconocidos, valorados y educados como diferentes, pero también como iguales”.




