Se suele hablar del pensamiento crítico como si fuera independiente de la vida emocional. Se lo enseña como análisis, duda y cuestionamiento, pero se omite algo esencial: pensar críticamente implica sostener una idea cuando incomoda, revisarla sin abandonarla y aceptar que otros la rechacen.

Por eso, el pensamiento crítico necesita resiliencia. Hace falta fortaleza emocional para convivir con el desacuerdo, la burla o la presión social. Sin resiliencia, el pensamiento crítico se reduce a comentario ingenioso o escepticismo cómodo, incapaz de generar cambios reales.

La historia del conocimiento lo confirma. Las ideas que transformaron el mundo no surgieron del consenso inmediato, sino de la incomodidad persistente. Quienes las impulsaron no solo pensaron distinto, también resistieron el rechazo y esperaron que el tiempo hiciera su trabajo. La lucidez intelectual, sin perseverancia, rara vez deja huella.

Este proceso se repite todos los días en las escuelas. Cuando un estudiante cuestiona una verdad instalada, cuando un docente propone una práctica distinta o cuando un director impulsa una innovación, aparecen defensas comprensibles: miedo, descalificación, caricaturas. En ese contexto, pensar distinto tiene un costo emocional.

Educar para el pensamiento crítico exige asumir esta realidad. No alcanza con enseñar a cuestionar; hay que enseñar a sostener el cuestionamiento. La resiliencia es el andamio que permite que el pensamiento crítico no se derrumbe ante la presión. Sin resiliencia, el pensamiento crítico se apaga; sin pensamiento crítico, la resiliencia se vuelve conformismo.

TAGS RELACIONADOS