A lo largo de la vida las personas logramos conocimientos, capacidades y actitudes –articuladas y en movimiento– que se denominan competencias de aprendizaje. Esto sucede cuando los aprendizajes nuevos se conectan con lo que se ha aprendido en etapas anteriores. Por eso cuando un maestro enseña debe tener en cuenta los saberes previos de sus alumnos, pues estos constituyen el punto de partida para planificar lo nuevo que se va a enseñar. Esperamos que el currículo (que debe reajustarse pronto) tenga en cuenta la secuencialidad de los saberes
Cada ser humano posee una estructura afectiva y cognitiva que se va formando consciente y subconscientemente en cada etapa de su vida: cuando se es niño, adolescente, adulto joven, adulto-adulto y adulto mayor. En cada situación educativa el ser humano pone en juego sus experiencias directas y subyacentes –positivas y negativas– que lo han marcado desde el nacimiento. También, pone en acción sus inteligencias específicas –que como sabemos son diversas– así como los aprendizajes en general que ha ido logrando.
En consecuencia, el educador, el padre de familia o cualquier actor educativo, debe conectarse con los logros educativos (competencias previas de aprendizajes) que trae la persona para optimizarlos, y con sus debilidades para, sin descalificarlo, ayudarlo a superarlas. Del mismo modo, debe ponerse en contacto con sus alegrías, tristezas, satisfacciones, ansiedades, expectativas e intereses. No olvidar que esta conexión requiere “la mediación pedagógica” del maestro. De ese modo, estamos construyendo en las personas “aprendizajes significativos”.




