El actual es el mismo modelo de colegio al que fueron todos los candidatos presidenciales de hoy. Además, más dinero prometido no resuelve el problema educativo.

Se debe apuntar a derrotar, al menos, las tres más poderosas adicciones intergeneracionales que intoxican y envenenan la experiencia educativa escolar, que son el venenoso SíseVé —esa bomba atómica que ha destruido la empatía y la convivencia escolar y ha convertido la cultura de diálogo en la cultura de la denuncia y la judicialización escolar—, con colegios que deben preocuparse de las demandas judiciales más que de la innovación pedagógica. Asimismo, el centralismo reglamentarista sancionador que asfixia la innovación por la minuciosidad de los protocolos y normas de control, así como la inexistencia de incentivos en el océano de posibles sanciones. Y la hiperdependencia del modelo curricular ministerial, que ya tiene 150 años de antigüedad y que, en la práctica, impide ponerse al día respecto a las necesidades educativas de los estudiantes, a tono con los tiempos.

Hay medidas reparadoras simples como convertir los protocolos obligatorios del SíseVé en referenciales y de aplicación escalonada, para dar más espacio al criterio educativo de los colegios en los temas de convivencia escolar. Asimismo, colocar incentivos en reemplazo de sanciones en los reglamentos, para aumentar los niveles de autonomía escolar que permitan la innovación continua. Y permitir que un tercio del currículo escolar sea elegido libremente por cada colegio, en función de su realidad específica, su contexto y las expectativas de los estudiantes y padres.

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