Ahora que tenemos que elegir quién gobernará el país por los próximos cinco años hemos de recordar que por encima de todas las divisiones está el Perú. Sí, el Perú, esa realidad infinita y compleja, ese país de todas las sangres, un centro del mestizaje, una tierra bendita y antigua destinada a la grandeza, nacida bajo el signo de la unidad. En nuestros momentos estelares luchamos siempre unidos bajo la misma bandera, conscientes de nuestra trayectoria y nuestro destino, dispuestos al sacrificio, a hacerlo todo por el Perú. Tenemos un destino común, un lugar bajo el sol que pertenece a nuestros hijos, una historia que nos obliga a defender lo que heredamos, multiplicándolo, como en la parábola de los talentos.
El Perú no merece sumergirse en una guerra cainita que promocione la sangre y el terror como recursos prácticos para sacarnos de la pobreza y el subdesarrollo. No es así como se construyen las grandes naciones. Ninguna civilización digna del bronce de la historia optó por dedicarse al escandaloso deporte del sectarismo. Muy por el contrario, los países hegemónicos siempre lograron articular grandes consensos, pactos de Estado pragmáticos, uniones capaces de convocar a la mayoría apelando al sentido común, no al voluntarismo utópico. Las utopías ideológicas nos retrasan, nos lastran y, a la larga, nos envilecen, porque nos dividen sin remedio.
Por eso, si queremos un país grande y estable, hemos de edificar consensos realistas que se hundan en el viejo anhelo peruanista de la unidad. Todo lo que nos divida debe ser combatido. Todos los que apelen al revanchismo estéril o al odio fratricida han de ser combatidos con la fuerza de la unión. Al fin y al cabo, eso es el gran Perú, un gigante dormido que crece bajo tierra, un Inkarrí de paz que ha de unirnos cuando logre despertar.




