La OECD está de plácemes. PISA 2025, su bandera emblemática, se come los titulares como la divinidad de la educación Y, como ocurre con las divinidades, pocos se atreven a preguntar si aquello que se venera merece tanta fe.
Nuevamente sonaron las alarmas de la caída del Perú en puntajes y puestos, con escaso ojo crítico respecto a qué mide realmente esta prueba y qué conclusiones permite sacar sobre los supuestos “aprendizajes para la vida” y desempeños futuros de los 6,991 escolares evaluados de 15 años de 260 colegios.
Para la OECD seguimos estando en el tercio inferior del mundo y entre los coleros de América Latina. ¿Cambió en algo la educación peruana en las áreas medidas debido a esos informes después de casi 25 años? Muy poco, a juzgar por la persistencia de nuestros resultados. Lo que ha cambiado es la creciente desconfianza en los directores y profesores, que ya no solo deben tolerar las demandas por subir puntos en las pruebas de Matemáticas y Lectura y entrenar a los alumnos para pruebas similares como ENLA y ECE, sino además encarar los asfixiantes reglamentos, protocolos y denuncias de padres en el SíseVe, que alejan a los docentes de su tarea educativa y han llevado a judicializar la convivencia escolar.
Hay un riesgo de confundir lo que PISA puede medir con aquello que la educación debe considerar más importante. Convertirla en el gran referente educativo puede invisibilizar el rol de una buena educación en términos de salud mental, convivencia, bienestar socioemocional, autonomía, resiliencia, pensamiento crítico, creatividad, capacidad de preguntar, innovar, y tanto más…




