Las protestas de los estudiantes disconformes –en el caso de la PUCP por cambio en el sistema de pensiones, problemas con el acceso a las becas y desacertada comunicación de los cambios– no deberían ser vistas únicamente como una reacción emocional frente al alza de costos, sino como una oportunidad para replantear el modelo universitario peruano. Las universidades del siglo XXI ya no pueden limitarse a transmitir conocimientos; deben preocuparse también por la experiencia integral del estudiante, por su bienestar, por la transparencia de sus decisiones y por construir una comunidad donde el alumno sienta que su voz importa.

Una universidad más orientada al “user experience” —al trato humano, la escucha activa y la confianza institucional— no solo mejora el clima interno, sino que fortalece al país formando ciudadanos más comprometidos, críticos y participativos.

También ha llegado el momento de que las familias peruanas hagan un cálculo más amplio y menos tradicional sobre el costo de la educación superior. Durante años se asumió que estudiar en el extranjero era inaccesible, cuando hoy existen alternativas competitivas en América Latina y especialmente en Europa, donde muchas universidades de alto nivel ofrecen costos similares —o incluso menores— que algunas universidades privadas peruanas, sumando además becas, internacionalización y mejores oportunidades de investigación y movilidad. Comparar seriamente calidad, costo, retorno profesional y experiencia internacional ya no es un lujo: es una decisión estratégica que merece ser evaluada con realismo y sin prejuicios.

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