La pretensión de la verdad absoluta es propia de las religiones, también de las religiones políticas. Antes, en los albores del cristianismo, estas pretensiones desmedidas y tiránicas tenían un nombre adecuado: herejías. Ahora, en un mundo posmoderno de relativismos evanescentes, las herejías se multiplican infectando movimientos políticos dotados de ideologías para todo uso, de todo calibre. Cuando no se cree en la verdad, cualquier cosa es verdadera, sobre todo en época electoral.
Este relativismo político, muy extendido y anclado en la soberbia, ha generado entornos partidistas caracterizados por el caudillismo. Siendo así, la voluntad suprema del príncipe diluye al partido. Son pocos los partidos políticos donde la línea se define de manera democrática, principista. La mayor parte de nuestros partidos son carteles sin principios, masas más o menos extensas de gentes que piensan que es mejor hipotecarse al líder de turno, sin contradecirlo jamás, porque de esa manera se cae en desgracia. La verdadera desgracia es ésa, la pretensión de infalibilidad caudillista, falsa en todos sus extremos, porque la política es contingente y sujeta a cambios, no a falsos dogmas que inmovilizan la acción de la maquinaria del partido.
De manera consciente, los caudillos aspiran a construir sistemas heliocentricos, teocracias donde ellos se colocan como líderes infalibles, heresiarcas de toda democracia, incapaces de deslindar el bien común de sus afectos personales. En la base de toda tiranía yace este sentimiento distorsionado y peligroso. Por eso, para defender un sistema de equilibrios, de frenos y contrapesos, de alternancia y políticas de Estado, el caudillismo debe ser combatido sin excusas y la apuesta por los partidos sistémicos ha de ser consolidada en las urnas y en el gobierno. Desconfiemos de los que critican la política, rechacemos el discurso antipolítico. Detrás de esa poesía se esconde siempre un tirano en potencia, un falso Leviatán.




