Existe una extraña sensación cercana a la decepción alrededor de Francia. Gana, avanza, elimina rivales sin sobresaltos y, aun así, siempre queda la sensación de que todavía no mostró su verdadera cara. Como si estuviera jugando con el freno de mano puesto, esperando el momento indicado para acelerar.
Pero ¿y si ese momento nunca llega?
¿Y si llevamos semanas esperando una Francia que simplemente no existe?
Tal vez esta sea su mejor versión. No una selección exuberante ni diseñada para enamorar al espectador, sino un equipo que entendió que los Mundiales no premian al más vistoso, sino al más eficiente. Francia no deslumbra. Desgasta. No atropella. Convence al rival de que el partido ya se le escapó.
Marruecos llegó a los cuartos convertido en una de las grandes historias del torneo. Venía de golear, de atacar con personalidad y de sostenerse en un arquero extraordinario. Frente a Francia, todo eso pareció diluirse con una naturalidad inquietante. No porque los franceses ofrecieran una exhibición inolvidable, sino porque hicieron exactamente lo que necesitaban hacer. Ni una carrera de más. Ni un riesgo innecesario.
Quizá ahí resida su verdadera fortaleza. Mientras el resto busca partidos memorables, Francia parece obsesionada con otra cosa: llegar al siguiente.
Es un fútbol que desespera a quienes esperan espectáculo. También uno que suele levantar la copa.
Tal vez el error sea nuestro. Seguimos aguardando una Francia explosiva cuando ella insiste en presentarse como un reloj suizo: precisa, fría y despiadadamente eficaz.
Y quizá esa sea la noticia más incómoda del Mundial. No que Francia todavía no haya mostrado su mejor versión. Sino que esta, sobria y hasta por momentos apática, sea exactamente la mejor versión que tiene. Y que, por ahora, le siga alcanzando para mirar a todos desde arriba.




