En Trujillo —donde la poesía se abre paso entre el apuro y el olvido—, hace unos meses, se publicó el poemario CORONACIÓN DE LOS SENTIDOS (Casa Nuestra Editores, 2025), del maestro Alberto Alarcón. He aquí una nueva oportunidad para reencontrarnos con el amor, desde la contundencia y la amplitud de los sentidos. ¿Cómo no prestarle atención a este libro, si nos confronta con la fragilidad del amor y, al mismo tiempo, con esa irrenunciable necesidad de él para sostenernos?
Estaciones
“Coronación de los sentidos” está organizado en cuatro partes, como una especie de estaciones de un mismo trayecto: apertura, clausura, reingreso y plegaria. Desde el arranque, la voz poética se instala en una escena doméstica que marca el tono de los versos: “He aquí la única ventana / que el invierno dispuso para mí”.
Como rápidamente se puede percibir, esta imagen no es un simple adorno: representa el intenso sentido del mirar. El mundo entra por una abertura limitada; visita, roza y se retira. Y, sin embargo, por esa abertura pasan aves, lluvia, sol, y también la certeza de que amar es encenderse y exponerse. “Por ella pasan / rostros, aves, la lluvia persistente, / el sol a veces”.
El verso introduce, además, una reserva decisiva: “El sol a veces”. Ese “a veces” marca el tono: la luz no es un baño permanente, sino un golpe intermitente. ¿Cómo no reconocer allí nuestra propia vida sentimental, hecha de ímpetu y de desgaste? ¿No es esa la experiencia real del amor cuando lo amado se vuelve, al mismo tiempo, refugio y riesgo?
Parte I
Aquí los poemas destilan sensualidad, pero sin llegar a la exaltación: “Sus senos eran breves / su corazón quién sabe”. La belleza aparece atravesada por su sombra, con una precisión que estremece: “esta hilacha oscura de mi muerte / que se prende a tu flor como algo extraño”. Y, finalmente, irrumpe la súplica: “Sólo te pido que sin mí no llegues”.
Uno de los hallazgos centrales es entender que amar no es solo sentir: es aprender un lenguaje. El sujeto lírico lo confiesa con humildad —como quien descubre una herramienta y también su límite—: “porque contigo he descubierto / palabras que tenía dormidas / y una guitarra insondable / para mis melodías”.
Pero el poema también advierte la caída: se puede perder el “vocabulario de las olas” y quedar expuesto, sin música interior. De ahí esa autoimagen dolorosa, que funciona como radiografía de la fragilidad: “Me siento / un torpe organillero, / me declaro / el último arrayán sin golondrinas.” ¿No es eso, al fin, lo que nos pasa cuando el amor se nos vuelve silencioso?
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Parte II
En esta sección el poemario cambia de pulso: aparece la tentación de medir lo inasible, de fijarlo con fórmulas, como si la exactitud pudiera retener lo que huye. “Esto es cuanto puedo decir de la que amo: / es simplemente recta como una línea dada, / como el exacto peso que tiene un miligramo / o el uno imaginario de una raíz cuadrada”.
Lo curioso es que esa matematización no enfría el amor: lo revela herido. Define porque teme perder. Y el mundo se vuelve arquitectura cerrada; el lenguaje golpea como si fuera cuerpo: “Ariete mi canción sobre tu puerta, / condenado a no abrirla”. Hasta que llega el agotamiento: “No digo nada. Se me acaba el cielo”. Hay que aprender a apreciar el fracaso.
Y el miedo se desnuda con una intensidad que confronta: “Me da miedo mirarme… Me dan miedo los niños y los viejos… también miedo de mí cuando me nombras”. El sujeto teme al mundo, sí, pero también se teme a sí mismo bajo la mirada del otro.
Dos últimas Partes
En la Parte III, el cuerpo reaparece como morada del lenguaje. La boca —territorio de la voz— se vuelve casa y abismo: “Dentro de tu boca soy un elfo hecho con migas de pan y pedacitos de vitrales rotos”. Y de pronto, una luz nace del contacto, casi como sacramento: “Estoy parado sobre tu lengua y de mis pies emana la primera luz para saciar tu hambre”. No se trata de un triunfo: es más bien una manera de volver a expresarse después del golpe.
Y, en la Parte IV, la elegía se transforma en plegaria. El mar ya no es paisaje: es medida de la congoja. El yo poético reclama: “¿por qué mis cirios y mis ofrendas echaste al agua?”. Y suplica con una imagen de oleaje que retoma, con hondura, el motivo inicial del lenguaje marino: “Contén mis olas, calma las marejadas de mi congoja”. Finalmente, el pedido se reduce a lo absolutamente humano: “¡Sólo un instante!”. Cuando el lenguaje se agota, queda la estructura del rezo: repetir para no callar del todo.
Gran poema del amor
Quizá este sea el mayor logro del libro: convertir los sentidos en conciencia, y la conciencia en una forma de pervivir. Coronación de los sentidos es el gran poema del amor. Pero no el del idealizado, sino el del lenguaje, del cuerpo y del tiempo. Ahí radica su acierto: coronar los sentidos como reconocimiento de lo más valioso justo cuando puede perderse.
¡Cómo no leerlo, entonces, en voz baja y con calma! En tiempos de prisa y superficialidad, este libro nos recuerda —con cercanía y hondura— que también la poesía es una manera de recordar, apreciar, reconocer y sobrevivir.





