Publicado en 2026, Teología del No constituye el tercer poemario del escritor trujillano Eduardo Saldaña, después de La comedia inútil y Hasta ver apagarse tus cenizas en un cementerio de elefantes. Desde su título, el libro anuncia la tensión entre lo sagrado y lo profano, entre aquello que la tradición religiosa ha establecido como verdad y aquello que la poesía se permite cuestionar.
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Saldaña no construye una poesía religiosa en el sentido convencional del término; más bien, se apropia de los signos, personajes y relatos de la tradición judeocristiana para someterlos a una mirada humana, irreverente y profundamente existencial: “Si pudiera hablar con la serpiente, le diría que nunca nos comportamos tan distintos (…) mi sexo humillado, siempre fue el único árbol del conocimiento” (Eva).
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La propuesta teológica del No
La inclusión de la palabra “teología” en el título podría responder a varias intenciones estéticas y conceptuales. En primer lugar, supone la apropiación de un término asociado al pensamiento religioso para tensionarlo desde lo profano, el deseo, la carne y el cuestionamiento existencial. La poesía invade así un territorio tradicionalmente reservado al discurso doctrinal y modifica sus reglas.
En segundo lugar, permite explorar lo sagrado, lo metafísico y el sentido de la existencia desde una sensibilidad esencialmente humana, al margen del dogma institucional. El poemario no pretende explicar a Dios ni construir una doctrina alternativa, utiliza la poesía para interrogar aquello que durante siglos ha sido presentado como incuestionable.
Por ello, no estamos ante una “teología del Sí”: una teología que afirma, confirma y reproduce un discurso oficial, esperanzador y positivo. El “No” del título funciona como gesto de negación, resistencia y desmontaje. Saldaña desdice una historia oficial y desmitifica la pretendida divinidad de los personajes humanos que han protagonizado las historias de las Sagradas Escrituras: “Debí proteger a este niño y acabé matándolo. No ahora, pero sí durante el resto de su vida” (Abraham). El poeta no destruye necesariamente lo sagrado, sino que lo devuelve al terreno de lo humano. En sus poemas, las figuras bíblicas dejan de ser únicamente personajes asociados a una enseñanza moral o religiosa y aparecen atravesadas por sus contradicciones, deseos, temores, miserias y limitaciones.
La polifonía lírica de voces
Uno de los aspectos más significativos de la propuesta literaria de Saldaña radica precisamente en la manera en que consigue que distintas voces poéticas vinculadas con el ámbito religioso y sacro sean orquestadas por un mismo discurso: el del sujeto lírico.
Esta operación permite que el poemario funcione como una suerte de polifonía bíblica. Las voces no aparecen necesariamente subordinadas a una secuencia narrativa tradicional, sino superpuestas y convocadas desde diferentes momentos del imaginario judeocristiano: “Después de lavarnos y secarnos los pies, habló lentamente sobre envidia y traiciones, provocando que cada uno mirase con desconfianza a los otros”. El lector escucha, de este modo, voces que pertenecen a tiempos y circunstancias históricas distintas, pero que confluyen dentro de un mismo espacio poético.
En los poemas habitan las voces de personajes bíblicos emblemáticos: Adán, Eva, Caín, Abel, Job, Abraham, Sara, José, Moisés, David, María y José. La superposición cronológica de estas figuras resulta fundamental para comprender el procedimiento de Saldaña. El poeta no busca reconstruir linealmente la historia sagrada, sino hacerla coexistir. El Génesis, los relatos patriarcales, el Éxodo, las historias de los reyes y los episodios vinculados con el nacimiento de Cristo pueden dialogar en un mismo universo poético.
El tiempo bíblico se vuelve, así, un tiempo simultáneo, en el que personajes separados por siglos comparten una misma condición: la de seres humanos enfrentados a sus propias circunstancias.
La desacralización de lo humano
Esta estrategia produce uno de los efectos más interesantes del libro: la desacralización de los personajes sin que necesariamente desaparezca su dimensión simbólica. Adán y Eva, por ejemplo, pueden ser leídos más allá de la culpa original; Caín y Abel dejan de representar únicamente la oposición entre el bien y el mal; Job ya no es solamente el paradigma de la paciencia ante el sufrimiento; Abraham y Sara dejan de ser exclusivamente figuras ejemplares de la fe.
En Saldaña, todos ellos recuperan una corporalidad y una humanidad que los aproxima al lector contemporáneo. Los personajes bíblicos viven su terrenalidad y, al hacerlo, desafían la historia que habita en el imaginario colectivo de la sociedad.
Teología del No se presenta, por ello, como un ejercicio de relectura y desacralización. Su mayor logro consiste en transformar la tradición bíblica en materia poética sin limitarse a ilustrarla. Eduardo Saldaña construye un espacio donde las voces del pasado dialogan con las inquietudes del presente y donde los personajes sagrados recuperan aquello que la solemnidad religiosa muchas veces les ha arrebatado: su humanidad. En esa operación reside la fuerza de este tercer poemario, una obra que encuentra en la negación no una ausencia, sino una posibilidad de volver a preguntar.
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Eduardo Saldaña y una teología de la desobediencia
En Teología del No, Eduardo Saldaña construye un espacio en el que las voces del pasado dialogan con las inquietudes del presente; los personajes sagrados recuperan aquello que la solemnidad religiosa muchas veces les ha arrebatado: su humanidad.